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Mentir

Beatriz Vanegas Athías

28 de junio de 2021 - 10:00 p. m.

La mentira es un deseo calcinado, un deseo que se quiere realizar, una verdad que se añora. La mentira es el arte de los memoriosos, de los que no olvidan y enhebran una ficción construida a su medida. Embuste se le llama en la Costa Caribe a la mentira y el mentiroso es un embustero. Los embusteros tienen una gran imaginación y hacen de la hipérbole su herramienta esencial. Todo lo exageran (todo lo tergiversan, diríase en otros lares allende el Caribe), la palabra es en su boca, una prostituta del burdel más desamparado. Dice Montaigne que “No somos hombres ni estamos ligados los unos a los otros más que por la palabra”.

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Y es con la palabra con la que nombramos lo que somos. Si conociéramos todo el horror y trascendencia de la palabra mentirosa, la perseguiríamos a sangre y fuego, con mucho mayor motivo que otros pecados. Y no soy de las que habla de pecados. Así que la palabra mentirosa debe, por obligación ser memoriosa, es decir, el mentiroso debe su éxito a que su mentira sea considerada una verdad y para ello ha de gozar de buena memoria.

Pero como todo arte, la mentira tiene sus creadores pusilánimes que la han degradado. Y son los desmemoriados. No es lo mismo el oficio de versionar, de ficcionar que es la mentira con asidero elevada a la categoría de arte y que esconde a la verdad en su estratagema verbal, que la mentira llevada a la degradación de la falsedad para sostener imperios de ruina y de dolor.

Así como digo me desdigo y como digo aquello digo esto y también lo contrario. Esa pusilanimidad que Cantinflas parodió es la mentira arrastrándose por el fango, aunque a ese lodazal muchos lo llamen conflictos interiores. No hablamos aquí de aceptar las salidas equivocadas y asumir el error, práctica poco realizada en Colombia por quienes ostentan la autoridad de dirigir los destinos políticos, económicos, sociales y culturales. No, hablamos de mentirosos de poca monta que, sin embargo, poseen el histrionismo para poner la cara dura y hacer que salgan las palabras como vómito desbocado y contaminado que se riega por todos los vericuetos del país hasta inundarlo todo de fetidez.

¿Qué máscara nos ponemos o qué máscara nos queda cuando estamos en soledad, cuando creemos que nadie, nadie nos observa, nos controla, nos escucha, nos exige, nos suplica, nos intima, nos ataca? Se pregunta Ernesto Sábato. Y me pregunto yo también. ¿Qué máscara se pone Iván Duque cuando nadie lo condena o lo acosa?

Ahora que se asiste a este epítome de la mentira que al parecer es el atentado al helicóptero del presidente Iván Duque, me pregunto ¿Tiene trascendencia, a estas alturas de su gobierno una mentira más? Él que va por el mundo mostrando el paraíso que ha sido Colombia en su gobierno con sus manitas juiciositas y su tono de voz que pugna por ser veraz; el que va de presentador de televisión a auto entrevista en inglés (con su muletilla que oscurece: “Claramente debo decir”) intentando ser, aunque muchos colombianos saben que sólo parece. Porque hasta para mentir, presidente, se necesita excelencia, de esa forma no se degrada más a la mentira.

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