Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Esta vocación de mártires con aspiración de llegar a ser héroes para por fin existir, debe cesar en Colombia. La existencia de la muerte es en sí misma una tragedia porque es un hecho inexorable. Debería bastarnos con esta certeza, en lugar de acelerarla. Pero no, en Colombia la muerte parece ser una urgencia, un fin para los que no han tenido una vida digna que vivir. Ejemplo de ello son los pueblos masacrados: son cuando han desaparecido. La poeta María Mercedes Carranza lo escribió con la belleza del horror: Mapiripán/ Quiero el viento, /el tiempo, / Mapiripán es ya /una fecha. Antes de la masacre Mapiripán, municipio del departamento del Meta, no existía. Hoy es una fecha que hace crecer la costumbre vital de Colombia como un país en el que la mayoría de sus diversos habitantes sólo se conocen cuando mueren asesinados y no de muerte natural.
¿Qué vida deseaban los habitantes de los pueblos damnificados por el nefasto proyecto de Hidro Ituango? Nadie por fuera de Antioquia lo sabía, y si lo sabían no existía la intención de proporcionarla, por el contrario, hasta que los desplazaron, asesinaron y secaron al río Cauca que es una de sus fuentes vitales, es que existieron y el resto del país se enteró de su forma de vida y de estar en el mundo. Es decir, sólo son visibles para el dolor y la muerte, mas no para que llegue a ellos (a nosotros, a mí) el festejo del progreso. Tuvieron que morir 76 jóvenes para que cayeran dos reformas y renunciaran funcionarios ineptos. ¿Por qué? No debería llenarnos de orgullo continuar esa tradición de la muerte para vivir bien.
La mayoría de los gobiernos municipales, departamentales y claro, el nacional que opera desde hace veinte años ofician como dioses odiadores. Necesitan el caos, la muerte para sostener sus imperios industriales (la industria de los narcóticos); y como éste ha sido su accionar, el Paro Nacional que continuó el 28 de abril porque en verdad había iniciado en noviembre del año 2019 también se ha contagiado de esta necesidad de morir para ser. “Morir hasta vencer” dice uno de los tantos carteles de los jóvenes que protestan. Matar hasta vencer responde esa otra masa de ciudadanos también humillados y ofendidos (¡Ah, Dostoievski!) que son el Esmad y la policía, mientras Iván Duque como un diosito glotón (al mejor estilo de Baco) se disfraza de policía y emite órdenes simbólicas y escuetas (“asistencia militar” para dizque acompañar a los ciudadanos).
Los marchantes caen en la trampa y están convencidos que sólo muriendo tendrán una vida quienes a pesar de estar en el mundo andan en él como muertos, quienes no son aún: sus familias, amigos, futuros compatriotas, esa clase media comemierda y vergonzante que agita pañuelos desde las ventanas de sus mediocres apartamentos pagados por cuotas; esa gente de bien que lleva la camándula en una mano y en la otra, el rifle.
El Paro Nacional que poco a poco, a punta de plomo gubernamental y de plomo mediático se va extinguiendo, pero que sin duda ha sido un éxito pues ha hecho tambalear las entrañas odiadoras del poder que tiene Álvaro Uribe, debe ser pensado también por estos jóvenes sin derechos y sin la ilusión de soñar un proyecto de vida como una oportunidad para construir una transición en la que el país lo dirijan seres que entiendan y sientan la importancia de la vida porque vivir es lo único bello. Y deconstruir ese imaginario del héroe, del mártir producido por un gobierno odiador. Sólo eligiendo una política de la vida y no de morir para ser, estaremos saliendo de estos doscientos años oscuros de mal llamada República.
