Para nombrar ciertos eventos ocurridos en la semana pasada ese otro mundo colombiano que transcurre en la Costa Caribe del país emplea expresiones que al entender de un lector ortodoxo y conservador suenan banales y ligeras. Pero sucede que es esa región del país la que ha tenido en sus manos la elección de los presidentes que ha designado Álvaro Uribe Vélez en los últimos cuatrienios. Es de esa región del país de donde provienen grandes familias que ostentan el poder político en el Senado y en la rama Ejecutiva. Basta mencionar a los Char, Guerra, García, Gnecco, Vives, Chagüi, y sus lacayos que crecen a su amparo y a la espera de reemplazarlos. En de popular conocimiento el dicho costeño enunciado con marcado acento fanfarrón: “La Costa siempre pone presidente”. Habría que ver cuáles son las causas de esta determinación. Tal vez una de ellas es el nivel de pobreza que se padece en todos los ámbitos. Se trata de pueblos ricos por sus especies naturales, por su hidrografía, por la fertilidad de sus suelos. Y también porque el costeño no envilecido es bueno con esa bondad que raya en la inocencia y en la pendejada. Hablo aquí del campesino vilipendiado y expulsado de su tierra, sabio en los infinitos saberes del suelo, de las plantas que son jardín o que son huerta. El mismo que está más interesado en saber dónde están los huesos de sus muertos o porqué en una noche tranquila de su vereda perdida cayó una granada que le despedazó la vida y los sueños. Es decir, llegó la guerra como un barrejobo.
Pero ese barrejobo poco a poco se ha venido en contra del papá de los pollitos como se le llama a Álvaro Uribe Vélez -además de otros epítetos que me abstengo de escribir aquí-, quien va en bajada porque hasta en el caserío más apartado ya se ha declarado que el expresidente peló el cobre, y en este pelar el cobre se ha dejado ver el talante autoritario y engañoso que ocultaba con su rostro dadivoso. Esas metáforas tan elementales para nombrar las nuevas situaciones políticas no hay que subestimarlas. Han llegado al habla cotidiana tras décadas de miseria, de padecimiento y de falta de oportunidades fabricadas en veinte años de gobierno para la guerra.
No es tonto ese costeño acostumbrado a vender el voto, observa como Iván Duque dejó los mangos bajitos, es decir, ha sido tanta su ineptitud y canallada que ahora cualquiera puede ser presidente. Y tampoco. Queda aún mucha dignidad sin pisotear y sin comprar; y saben estos habitantes que el Centro Democrático está cagao y con el agua lejos. Es tal vez por ello que en estos días aparecen videos dirigidos a los habitantes de Majagual en los que se ve a la senadora María del Rosario Guerra con el ministro Fernando Ruiz Gómez (a quien se le dificulta pronunciar ese nombre tan raro: ¡Majagual! - ¿Dónde quedará eso? -) anunciando una ambulancia para Majagual e inversiones multimillonarias para las intransitables vías (nunca y nunca habilitadas) que hace que esta región siempre esté a la retaguardia de la economía y la cultura. Ya pa qué, dijo la lora dentro de la olla de agua hirviendo, dicen en Majagual.
El idioma crea mundos posibles se ha dicho siempre. Esperemos que estas palabras sin mayores pretensiones retóricas permanezcan a ver si al fin para Pabla, es decir, si por fin hay una segunda oportunidad sobre la Costa Caribe.