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22 Feb 2022 - 5:00 a. m.

Pulir el error

El ensayo “De lo útil y de lo honrado” de Montaigne inicia así: “Nadie está libre de decir necedades. Lo malo es decirlas con esmero”. Es quizás ese esmero el acto que caracteriza a la contienda electoral que va a hacer que Iván Duque deje de ser presidente de este país en el que pareciera que la única tradición (como escribió también el poeta Cobo Borda) son los errores.

Un país gobernado por hombres heterosexuales (y homosexuales enclosetados) no ha podido conseguir que la vida de sus habitantes sea vivida con dignidad. Y las mujeres que han estado al lado, detrás, de segundas y como botín de la guerra, en la actual contienda electoral han reclamado una visibilidad proveniente tal vez de los nuevos(viejos) aires que soplan en términos del feminismo.

Pero no ha sido afortunada la presencia de muchas mujeres. No es, por ejemplo, una reivindicación de nada la vicepresidencia de Martha Lucía Ramírez, una mujer conservadora que se comporta como los politiqueros hombres y ha saltado de gobierno en gobierno renunciando a lo honrado por escoger lo útil: acomodarse, así el país lo devore la miseria. Esa es la forma característica de actuar del llamado partido Conservador. Aquí en la ciudad desde donde escribo, es un séquito de Martha Lucía Ramírez quien ha hipotecado Floridablanca al mejor postor, con el fin de enriquecerse y seguir escalando: basta ver al exalcalde Héctor Guillermo Mantilla aspirando a la Cámara de representantes luego de una alcaldía polémica e inoperante que solo le ha servido para enriquecerse.

Aunque en verdad quiero referirme a dos mujeres que le pusieron voz y sentimiento a esa caja de pandora que es la corrupción de una de las familias politiqueras más poderosas de Colombia: me refiero a los Char al decir familia, y a Aida Merlano y Katia Nule, al decir mujeres. Más allá (o más acá, depende) de Bogotá y de Twitter, a las mujeres de la “gente de bien” de este país, especialmente a las del Caribe colombiano, se les han enseñado a soportar cacho por el bien de la familia. Esto es, tolerar todo tipo de infidelidades. Ya sabíamos que Katia Nule (la esposa) sabía que Alex Char le ponía cachos con Aida Merlano (la amante) y con otras; y ahora se sabe que, muy posiblemente con otros, de acuerdo con Aida Merlano. Hay una expresión que a los bien pensantes parece un exabrupto, pero que en regiones como la mencionada causan jolgorio y son verdades sin grietas: “Esa es otra cacho contento para seguir viviendo con billete”. También es común que los cachos sean soportables por “el bien de los hijos”. Los debates del feminismo no alcanzan a llegar hasta allá, ni a las clases altas y blancas, ni a la vergonzante clase media, y mucho menos a la pobre en la que la mujer sí que es una máquina para aguantar golpes y parir hijos.

En el video que Katia Nule presentó luego de las declaraciones de Aída Merlano en Cambio plantea que “esa información” no es nueva, es vieja para ella y para su familia. Y expone que ha sido superada porque “lo pasado pisado y al presente de frente”. No es nuevo el uso como argumento, de esas verdades establecidas que son los refranes para no prestar atención o complejizar las situaciones: ella no hace caso porque estos son gajes del oficio de su amado esposo Alex Char. Claro que ella lo que sí no soporta es que se metan con su familia y por eso luego de agradecer a las “miles de voces solidarias” invita a que “no nos desviemos”. En fin, que parece ser que toda su vida es una puesta en escena en la que es normal la pérdida del espíritu porque no importa cuánta humillación corra por el río, lo importantes es ser los dueños del río. Pide que se trabaje con respeto (ese que no se tiene ella, ni Aída Merlano, ni Alex Char) y finaliza con la nota religiosa infaltable en comunidades corruptas: “Los quiero, los bendigo y aquí estoy para servirles”.

Tres mujeres atrapadas por décadas de sumisión, no perciben (o quizás sí) que han sido usadas dizque para alcanzar el bien público, pero para ello han tenido que traicionar y mentir, es decir, pulir el error de los hombres. Tal vez porque están cómodas en su papel de personajes obedientes y maleables. Y esta cárcel elegida por mujeres como ellas, sí importa al momento de restablecer una democracia tan desgarrada como la colombiana.

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