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Se voltió la arepa

Beatriz Vanegas Athías

20 de septiembre de 2021 - 09:59 p. m.

Alfonso “Poncho” Zuleta no es un ejemplo digno de imitar. Y creo que esa no ha sido nunca su pretensión. Es, sí un cantante que muchos colombianos (especialmente de la Costa Caribe colombiana) amamos porque sus interpretaciones hacen parte de la banda sonora vital. Cada canción de Los hermanos Zuleta guarda una recordación que hace casi esfumar al intérprete y en cambio, afloran la tristeza, la alegría, el desdén, el olvido vivido en el contexto de tal o cual canción. Por ese contenido emotivo de los cantos vallenatos es que los seguidores excusan los desmadres que son las vidas de los cantantes. Y entonces son capaces de separar al hombre (o a la mujer) del ser que adoran cuando están en el espectáculo de la tarima, del escenario, de la kz o del modernísimo Spotify. El Poncho Zuleta: machista, ganadero, pendenciero y mujeriego aviva desde la tarima al proyecto político de Álvaro Uribe basado en la guerra y la usurpación de tierras al campesino colombiano. En esa sobradez de quien se sabe con el poder del afecto de millones de seguidores no dudó en dar a conocer sus afectos hacia el grupo al que pertenece, “¡Viva la tierra paramilitar!” se le vio y oyó decir. Muchos nos desencantamos, pero seguimos conmoviéndonos cuando oímos canciones como Así fue mi querer, El viejo Migue, Mañanitas de invierno o La ceiba del puerto.

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Acostumbrados (por educación) a no encontrar relaciones entre la política y los demás ámbitos de la vida; acostumbrados a creer que los procesos políticos, que son los de la vida de todos, dependen de una sola persona a quien se le llama líder, damos más relevancia al personaje que emite su adhesión o rechazo a un proyecto político, que al proyecto mismo. “Se voltió la arepa” es una expresión muy conocida en el caribe colombiano. Es coloquial y metafórica y a través de ella se hace una analogía con el cambio que ocurre en la mirada de una persona acerca de su visión social o política. En este caso habría que dejar de pensar en el personaje Poncho Zuleta y poner el ojo curioso en lo que se está viviendo en esa Colombia más allá de Bogotá. No hay un sustento teórico en él, sino empírico en el calibre de la frase expresada por el cantante vallenato. Él, que no es ningún tonto, sabe que el proyecto uribista está declinando, recordemos que su reacción ocurrió luego de las plazas que llenó Gustavo Petro en Barranquilla, La Guajira y Valledupar; además del avance que supone la personería jurídica concedida a la Colombia Humana. Y vaya una a saber qué interés tendrá, pero el asunto es que más allá del interés personalista del popular cantante, hay un programa político llamado Colombia Humana que sabe leer al país, que no es sectario como insiste el llamado Centro y la prensa gobiernista.

Aquí se trata de democracia y paz ante la resistencia de los sectores del establecimiento que persisten en negar la diversidad política y aspiran conservar sus tradicionales círculos de poder al imponer la imagen dominante de un personaje masculino, blanco, de selecta cultura y bien hablado y esto último no implica hablar con sabiduría y conocimiento real del país. En vista de que el sentido de la democracia se construye justamente con aquellos otros contrarios, me parece incoherente cuestionar la llegada de un pastor homófobo a Colombia Humana con el mismo sectarismo del que se acusa al tal pastor. O también parece extraño que liberales como Roy Barreras o Armando Benedetti ingresen en las filas de este movimiento, o que la llamada Coalición de la Esperanza inicialmente haya aceptado a otros liberales como Juan Fernando Cristo y Juan Manuel Galán.

No soy versada politóloga, pero sé cuál es la agenda de unidad a la que convoca el Pacto Histórico que habla del mandato del agua, de industrializar al país, de reeducar a las fuerzas policiales, de volver al agro para que la tierra sea productiva, del conocimiento como capital humano, de la libertad de cultos y de la confluencia de la diversidad en la unidad como horizonte democrático…

La reconciliación ocurre con ´el otro´, con el contrario, sin concebirlo como al enemigo que hay que desaparecer. Por eso miles de jóvenes hoy reeducan a sus padres uribistas para que cambien el horizonte de su mirada. Hay candela por todas partes y quienes no compartimos el fuego que mata avivemos la cocina nacional. Hay que voltear la arepa.

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