Iván Duque entiende todo. Sabe todo lo que sus actos generan. Sabe que a veces sólo la mentira salva y en el contexto del gremio político al que pertenece, siempre la mentira es la salvación. Y vive de la mentira como el ser que le toca comerse sus propias entrañas. Para él, como para todos los gobiernos de hace veinte años para acá en Colombia no pasa nada, salvo el tiempo y la acumulación de riqueza de unos pocos y de unos pícaros para humillar y ofender y hacer que el porvenir no llegue nunca. El porvenir que no viene nunca, que está “por venir” ha sido la promesa siempre aplazada de un país que crece en medio de la miseria y la ausencia de vida con elementos básicos como el trabajo, la educación, la salud, alimentación digna y vivienda.
Es menester preguntar en esta hora del Paro Nacional sobre la noción de país que se quiere, para ello conviene mirar al porvenir como una ilusión y trabajar por el presente sin aplazarlo más. Porque el porvenir, llamado también futuro, es como la noción de cielo. Muy fortuita, posible para los que creen, imposible para los que no. Duque sabe que se enfrenta a una gran fuerza renovadora de la historia colombiana. Estos muchachos ya se cansaron de lo que él y su partido representan que es la promesa de un futuro que nunca llega. Como afirma el senador Gustavo Petro: “Esa juventud popular que indignada pide un lugar en la tierra ya no retrocederá, no importa a cuantos maten, no importa cuánto terror despidan en las palabras, no importa cuantos alaridos den, ya no retrocederán porque ya no tienen nada que perder”.
Estos jóvenes que por la fuerza del hambre deben permanecer en la lucha (esperando el pocillo de chocolate, la arepa, el pan y el pedazo de queso) porque en su casa no hay ni para pagar el gas, mucho menos para mercar, no son vándalos. O tal vez sí, si por vándalos se entiende el nombre dado a millones de habitantes de la calle y jóvenes parados después de obtener su título universitario y a los que no pueden entrar a la universidad porque ni para el pasaje tienen. Este último asunto es bien especial y merece considerarse. ¿Qué implica no tener para el pasaje? Es decir, hubo para la matrícula y el computador, pero no hay para llegar a la universidad, mucho menos para merendar. Esta sola situación anómala se ha normalizado desde hace décadas pues en Colombia siempre ha faltado el centavo para el peso, es el sentido trágico de ser colombiano ante el que, el remedio (como en el perverso sistema de salud) es peor que la enfermedad debido a que la salida ha sido el individualismo exacerbado, mejor conocido como el sálvese quien pueda que ha creado el sentido de la mezquindad y de la individualidad.
Pero ahora que explotó esta olla ha surgido un poderoso deseo de conseguir el bienestar colectivo. Aquella consigna que parece superflua de “El pueblo unido, jamás será vencido”, ha dado resultados, como la salida de dos importantes empleados del presidente y la caída de dos reformas inoportunas (por no decir infames, bueno ya lo escribí) que profundizan la miseria en Colombia.
Pero Iván Duque, para quien su vida ha sido una extensa meditación sobre la nada, lo único que sí sabe es dividir. Y ha mandado a asesinar a quienes protestan. Y ha ordenado sin decirlo que haya colombianos en contra del paro. Es deber de todos quienes soñamos con una nación grande (es decir, equitativa y eficiente, en el que funcionen los impuestos que se pagan, en donde el futuro se haga presente y no sea un lujo) no permitir que este grito de inconformismo sea silenciado a sangre y fuego.