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¿Y cuándo vuelve el desaparecido?

Beatriz Vanegas Athías

30 de noviembre de 2020 - 10:00 p. m.

La primera vez que escuché la palabra desaparecido estaba acompañada de la bulla y las lágrimas del vecindario de mi casa en Majagual. No encontraban al hijo mayor de la familia vecina. Él pertenecía a la Armada y se había extraviado en una práctica de buceo. Sus padres eran amigos de mi madre y la vi llorar por el dolor de su amiga huérfana del hijo. Vi también llorar y nacer una tristeza eterna en el rostro de aquella madre y de aquel padre que vivían algo inédito: No tener unos restos, una tumba donde llorar al hijo desaparecido. En ese pueblo plano y monótono como el río o el vaivén del mar que no invita (como las montañas) a escudriñar más allá, sino a seguir un ritmo de vida como en pausa; ese suceso aún perdura en la memoria de sus gentes, pese a que la dolida familia ya no habita allá.

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Después, en la década de los noventa la palabra pasó de ser un nombre y se convirtió en un verbo “A Fulanito de tal lo desaparecieron”. Para quienes viven de tocar, abrazar, pelear, hablar a grito herido (es decir, los habitantes del Caribe colombiano) el acto de desaparecer resulta un acto increíble. ¿Cómo es eso que no puedo llorar a mi muerto mientras lo abrazo? ¿De dónde ese invento de eliminar de mi existencia el tiempo del sepelio, de la misa y del novenario que es una suerte de alivio para esa vida que nunca volverá a ser igual para el doliente?

La psiquiatra suiza Elisabeth Kübler-Ross publicó en 1969 el libro “Sobre la muerte y el morir”, en el que describió por primera vez las cinco fases del duelo. Para ello se basó en su trabajo con pacientes terminales en la Universidad de Chicago. Habló de la negación, la ira, la negociación, la depresión y finalmente la aceptación. Años después entendió que este orden no es así de lineal y rígido, pues muchos dolientes nunca aceptan la muerte y se quedan en el suspenso de la negación, siempre a la expectativa. Es esta quizás la situación que Elisabeth Kübler-Ross avizoró y que en Colombia se ha salido de control.

El viernes 27 de noviembre por iniciativa de la escritora Idania Ortiz, que dirige la Casa de la Cultura Piedra de Sol en Floridablanca, Santander, Colombia, se organizó una nutrida reunión para hacer un poco de memoria de las casi veinte mil víctimas de la Guerra en Colombia. Cada sobreviviente salía del público que conformaba y pasaba a recoger una fotografía de su familiar asesinado o desaparecido. El silencio aumentaba (como un taladro en plena acción) cuando surgían víctimas que recogían hasta tres fotografías. Y la voz dolida pero llena de persistencia narraba la historia de su muerte. Paramilitares, ejército y guerrilla. Y una constante: nada ha cambiado, o sí, para empeorar. Hubo una víctima que denunció la existencia de una inmensa fosa común existente en el sur de Bolívar dejada por paramilitares, pero la fiscalía no se ha dado por enterada.

Mucho dolor en Floridablanca. Mucha ausencia de verdad para hacer un duelo aliviador. El alcalde no estuvo, tampoco el personero, delegaron a subalternos. Y los dolidos hicieron énfasis en esta ausencia que dice mucho de la responsabilidad del Estado en el cultivo de tanto dolor que tiene enfermo a un país que solo pide siquiera “un huesito” de su muerte para poder aceptar que no vuelve solo cada vez que lo trae el pensamiento, como canta Rubén Blades.

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