“Y me sobrecogí de espanto al ver que de nuevo se cerraban las puertas de todo el vecindario y que ni siquiera estar atrancados, encerrados, silenciados, con el televisor apagado era garantía de llegar al día siguiente vivo”. Otra vez la muerte descarada paseando por El Carmen de Bolívar, Majagual, Sahagún, Cereté, Sucre, Sincelejo, La Sierpe, toda La Mojana, el Bajo Cauca y once departamentos colombianos.
Desviar la mirada y pretender ignorar que los autores del paro armado son paramilitares cercanos a la derecha que gobierna el país es caer en una nueva mentira. Una mentira aún más reforzada que el exitoso castrochavismo: ahora medios vergonzantes (pero de gran alcance nacional) salen a decir dizque los paramilitares de las Autodefensas Gaitanistas, que tienen paralizados a 11 departamentos, están obligando a votar por el candidato del Pacto Histórico, es decir, los narcoparamilitares de extrema derecha invitan a votar por el candidato que se ha hecho célebre por combatirlos. Creo que les iba mejor con lo del mentado castrochavismo.
En estos 11 departamentos colombianos sitiados por el miedo y las balas a pocos días de las elecciones presidenciales en las que hay una alta posibilidad de que el candidato de la izquierda gane la presidencia, la existencia desde hace décadas carece de soportes y de defensas. No hay un reconocimiento humano y político igualitario a los habitantes en lo concerniente a asuntos básicos como son el trabajo, la comida, el cuidado médico y la situación jurídica.
A esa precariedad de muchas vidas, otorgada por eternos gobiernos conservadores de derecha (en Colombia, como bien lo dijo Antonio Caballero, no existe el liberalismo) se le une, con frecuencia, una suerte de invisibilidad ontológica: además de ser extremadamente paupérrima, la existencia de ellos no cuenta para nada. Para el gobierno de la seguridad democrática, hoy renombrado como la seguridad paramilitar, sólo las vidas de los soldados son merecedoras de duelo y consideración. Esto, en apariencia, porque también los militares han sido degradados ética y económicamente para luego ser aupados con el pomposo epíteto de “héroes de la patria”: ellos en verdad son la mecha para que no se apague la guerra que tanta tierra y poder ha otorgado a expresidentes y senadores. No es sino leer al impasible, sin siquiera arrugarse su sonrisa, alcalde de Montería Carlos Ordosgoitia quien trinó en pleno paro paramilitar: “Montería es hoy escenario de la XXI Feria Equina Copa Caribe organizada por @cabacor en el Coliseo de Ferias. Brindamos acompañamiento con nuestra Fuerza Pública a los asistentes que se desplazaron desde diferentes departamentos”.
Han configurado una sociedad de victimarios y víctimas; de ganadores y perdedores; de ganaderos terratenientes y campesinos empobrecidos; de autoexiliados y autocensurados; de prepotentes y resentidos. El filósofo alemán Max Scheler caracteriza al resentimiento como una actitud mental duradera causada por la sistemática represión de determinados afectos y emociones. Hay un enorme resentimiento en los millones de colombianos que hemos sido condenados por este dictadorzuelo de la montaña a emociones como la envidia, la furia, el odio, la rabia, la malicia, el rencor, los sentimientos de agravio y humillación o el ansia de venganza. Ello es lo que queda después de estas tomas paramilitares. Pero a pesar de estas formas de resentimiento, hay unas nuevas generaciones que han emprendido, como afirma Scheler, una “autoconquista moral” y empiezan a sustituir el deseo de venganza por la indulgencia. Este camino es oscuro y culebrero, pero hay razones para cambiar y escoger la vida ante la muerte que otorgan quienes tienen el deber constitucional y humano de hacerlo.