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Los fines de semana, la mayoría de las personas en Bogotá salimos a los alrededores de la ciudad a buscar un poco de verde. Queremos escapar del trancón, del ruido y del exceso de cemento. El problema es que ese verde está cada vez más escaso y, a este paso, nos vamos a quedar sin nada.
En los últimos años, la urbanización en la Sabana de Bogotá ha crecido de forma impresionante. Un estudio reciente de la Región Metropolitana muestra que muchas familias se fueron a vivir a los municipios cercanos buscando esa tranquilidad que la capital ya no les daba. Pero ese crecimiento se hizo al revés: se llenó de condominios cerrados que privatizaron el paisaje y dejaron a municipios como Cajicá y Chía casi sin espacio libre para la gente. Hoy, caminar por la Sabana o encontrar un lugar para la recreación es casi imposible porque todo terminó cercado.
Lo irónico es que esta forma de construir terminó destruyendo lo mismo que la gente iba a buscar. Convertimos la Sabana en un suelo endurecido que ahora nos pasa factura con problemas que ya sufrimos en carne propia. Los trancones eternos para entrar o salir de Bogotá los fines de semana, o la angustia de pensar si mañana va a salir agua de la llave, son la muestra de que tocamos fondo.
Si disfrutas de salir a almorzar a los restaurantes tradicionales de la zona para pasar un rato en familia, seguro habrás notado el cambio. Esos sitios cada vez tienen menos pasto porque lo han tenido que pavimentar para armar parqueaderos. Así que ahora, en lugar de un gran espacio para respirar aire puro o jugar con los niños, las niñas o las mascotas, lo que encuentras es un par de columpios apretujados entre filas de carros.
La mancha de cemento se está devorando a los municipios vecinos. De hecho, hoy Bogotá tiene más espacio público disponible por habitante que la mayoría de los municipios de la región. Al paso que vamos, si queremos ver un árbol, va a tocar quedarnos en los parques metropolitanos de la capital, porque los alrededores van a ser solo muros y rejas que impiden el paso. Llenamos la región de tráfico imposible, ruido y cemento.
¿Por qué pasó esto? Porque los municipios cedieron a las presiones del negocio inmobiliario y no tuvieron reglas estrictas. En lugar de exigir la entrega de parques reales y físicos para la comunidad, se abusó de la figura del Pago Compensatorio de Obligaciones Urbanísticas, permitiendo que los constructores pagaran en plata las zonas verdes que debían ceder. Se dedicaron a comprar agua en bloque a Bogotá para habilitar conjuntos y conjuntos, y ahora, con las crisis hídricas y el cambio climático, corren el riesgo de quedarse secos si no hay suficiente agua para compartir.
¿Qué podemos hacer? Primero, gobernar y planear como región. Es hora de dejar de actuar como islas y entender que lo que pasa en un municipio nos afecta a todos. Necesitamos que las autoridades ambientales se pongan firmes, defiendan el territorio de la presión constructora y se dediquen a crear espacios públicos de verdad. Parques que sean de la gente, para el disfrute de todas y todos, y no solo de unos pocos que pueden pagar por privatizar la naturaleza.
Si no nos ponemos las pilas ya mismo, muy pronto no va a quedar ni un solo árbol en pie para ir a buscar el fin de semana.
