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Bogotá: de la nevera al horno

Blanca Inés Durán

07 de mayo de 2026 - 12:07 a. m.

En los últimos 90 años Bogotá ha aumentado su temperatura en cerca de 2 grados centígrados, y aunque la mayoría de las causas se le pueden atribuir al cambio climático, las decisiones urbanísticas de la ciudad también han aportado mucho.

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En el año 2000 Bogotá tuvo su primer Plan de Ordenamiento Territorial (POT), un plan definido para lograr el crecimiento ordenado de la ciudad. Este plan tuvo grandes aciertos, como la definición de la estructura ecológica principal que integra los cerros orientales con los humedales a través de los parques y separadores verdes, estableciendo como prioridad su protección y conexión y logrando que se entendiera que los cerros no son paisaje sino nuestra mayor fuente de biodiversidad.

Pero ese POT también tuvo graves problemas, el más grave fue la visión endurecida del espacio público, la creciente relación entre cemento y progreso que hizo que los parques, los andenes y las separadores se convirtieran en bloques de cemento y que se hicieran famosas las baldosas ‘escupidoras’.

Las cartillas de espacio público, y en especial las de andenes, hicieron que la ciudad se convirtiera en un gran desierto, con andenes grises que no permitían la siembra de jardines o césped y reducía a los árboles a un espacio mínimo, encerrados en alcorques.

Los andenes dejaron de ser esos sitios agradables con franjas de césped y jardines que las mamás cuidaban amorosamente, y se convirtieron en lugares aburridos, donde caminar es una tortura en días de sol por el calor que hace y un peligro en días de lluvia por los resbalones y los ríos que se formaban.

Ese diseño de ciudad comenzó con el “arreglo” de los andenes de la carrera 15, precisamente en el año 2.000. El alcalde de entonces, Enrique Peñalosa, trajo el diseño de los bulevares de Estados Unidos, con un concepto polémico para la época: más espacio para los peatones, menos para los carros. Pero su mirada alérgica a lo ambiental hizo que imaginara esos bulevares como grandes plazas endurecidas, sin nada verde para que no costara tanto el mantenimiento, una mentira que ahora pagamos cada vez que hay que arreglar las losas de ese sector.

El arreglo duró, como siempre, más de lo planeado. Los comerciantes de la carrera 15 estuvieron a punto de quebrar, pero finalmente la obra terminó, y se dio inicio a la era del cemento en Bogotá.

A partir de ahí no sólo se prohibió sembrar césped y jardines en los andenes de menos de 3,5 metros, que son casi todos en Bogotá, sino que muchos árboles murieron porque no iban con el diseño.

El endurecimiento llegó a tal extremo que algunas obras que fueron aprobadas como zonas verdes se convirtieron en plazas duras sin que nadie les dijera nada. Fue el caso de la plazoleta de los Alfiles del centro comercial Gran Estación, que tenía diseño de zona verde para mitigar el impacto de la avenida 26 y terminó con un explanada gris y desolada, cuyo único atractivo es un ajedrez gigante que sirve de adorno. Varios cientos de metros cuadrados de zonas que pudieron ser verdes para mitigar el calentamiento de la ciudad desperdiciados.

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Pero no fueron los únicos, en la zona del Salitre se intercambiaron parques lineales por ampliación de andenes que no tienen ni una matera para reducir la isla de calor que generan.

Nadie se quejó, nadie controló, nadie sancionó. Pero ahora que sentimos el calentamiento de la ciudad, que nos amenaza un fenómeno del Niño, y que la escasez de árboles y la falta de jardines ha disminuido la fauna santafereña, como los icónicos copetones, nos damos cuenta de que la decisión de aplanar todo con cemento nos está pasando factura.

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El actual POT fue un gran avance frente al cambio climático y la creciente temperatura de Bogotá. Hizo notar la necesidad de volver a esos sitios frescos, con césped, árboles y jardines, que nos permitan no solo caminar sin la inclemencia del sol, sino tener una mejor salud mental, porque se ha demostrado que este tipo de lugares permiten que el ser humano se relaje y reduzca el cortisol y la adrenalina, las dos hormonas del estrés.

Reverdecer Bogotá no es sólo un capricho de ambientalistas, es la posibilidad real de mantener el agua, tener biodiversidad y mejor calidad de vida para la ciudadanía. Estamos a tiempo para detener el calentamiento de Bogotá, es hora de tener andenes verdes.

Por Blanca Inés Durán

Bogotanóloga, ingeniera industrial y gestora pública.
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