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Cuando se desarrollan grandes competencias internacionales, como los Juegos Olímpicos o los Panamericanos, existe una tradición valiosa: el legado que queda en la ciudad anfitriona. Es ese aporte tangible —un estadio, un parque recuperado, una mejora en la infraestructura— que la ciudad recibe y que perdura mucho después de que se apagan las luces del evento.
En la política bogotana, esa herencia no es distinta. Cada administración suele ser recordada por una impronta clara: Mockus por la cultura ciudadana, Lucho Garzón por la lucha contra el hambre, Petro por la agenda de cambio climático y Claudia López por crear un sistema del cuidado; Samuel Moreno por una estela de corrupción que casi acaba con la capital.
Ahora que llegamos a la mitad del camino de la actual administración, vale la pena preguntarse por el legado de Carlos Fernando Galán. Hasta ahora, el alcalde ha demostrado ser un eficiente “finalizador” de las obras de su antecesora. Es innegable que continuar proyectos como la Primera Línea del Metro —que este mes alcanzó un 72,13 %— o el cable aéreo Potosí es un acto de responsabilidad institucional.
Pero Bogotá no puede conformarse con un gerente que solo termina lo que otros empezaron. La ciudad necesita una visión propia, un sueño de futuro que no se agote en el cemento heredado.
El pilar central de su campaña, “Bogotá camina segura”, hoy atraviesa una crisis de resultados y percepción. Aunque las cifras oficiales de 2024 muestran reducciones en delitos como el hurto a personas y la extorsión, la realidad en las calles cuenta una historia distinta. La inseguridad se siente asfixiante y el miedo ha modificado los hábitos de las bogotanas y los bogotanos. La ciudadanía ya no se conforma con ver al alcalde en redes sociales explicando operativos: necesita sentir que el control del espacio público ha vuelto a manos de la institucionalidad.
Es aquí donde surge un punto de reflexión necesario. Durante la campaña, Galán fue un crítico agudo de diversas propuestas sobre el manejo de la fuerza pública y la estructura de seguridad. Hoy, enfrentado a la crudeza de gobernar una metrópoli de más de ocho millones de personas, tal vez sea el momento de que el alcalde revalúe su postura frente a la necesidad de una Policía de Ciudad, es decir, una exclusiva para la capital.
Esa idea de una fuerza local, técnica y con mando directo del Distrito, que tanto se debatió y que él miró con recelo, hoy parece ser una herramienta indispensable. Entender que Bogotá requiere una estructura de seguridad diseñada a su medida, y no depender exclusivamente de los vaivenes de la política nacional, podría ser el giro de timón que su administración necesita.
En lo social, el panorama también exige mayor audacia. Aunque se mantienen programas valiosos como las Manzanas del Cuidado y el Ingreso Mínimo Garantizado, preocupan los retrocesos en indicadores clave. El aumento en la tasa de niñas menores de 14 años embarazadas, la caída en los niveles de actividad física y el preocupante rezago en la construcción de vivienda de interés social son señales de alerta que no se pueden ignorar. Bogotá no es solo un conjunto de obras viales: es una comunidad que hoy se siente más vulnerable y con menos oportunidades de progreso real.
A Carlos Fernando Galán le quedan dos años para dejar de ser el “alcalde de los videos” y convertirse en el líder que transforme la ciudad. Gobernar no es solo administrar contratos: es darle un propósito común a la ciudadanía. Todavía hay tiempo para corregir el rumbo, para dejar de mirar por el retrovisor y para construir un legado que, más allá de terminar el metro, le devuelva a Bogotá la tranquilidad y la esperanza de caminar sin miedo.
