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Diseñar para la vida: el reto de la Bogotá que viene

Blanca Inés Durán

19 de febrero de 2026 - 12:04 a. m.

Las intensas lluvias de los últimos meses, que han generado tragedias tanto en zonas rurales, como en Córdoba, como en capitales como Bogotá o Medellín, son un grito de alerta que nos obliga a repensar el diseño de los entornos bajo la óptica de la adaptación y el bienestar.

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En el caso de Bogotá, no la podemos seguir viendo como un simple rompecabezas de cajas de cemento. La visión tradicional del urbanismo, que entiende la ciudad como un conjunto de edificios apilados, está agotada. Esas “cajas de zapatos” en las que intentamos meter a la fuerza a las familias no solo ignoran el entorno, sino que atentan contra la salud mental y física de quienes las habitan.

Como ingeniera, entiendo que todo sistema debe ser eficiente para funcionar correctamente, y el modelo inmobiliario actual en Bogotá parece ir en contravía de esta lógica. Cada vez las viviendas son más pequeñas —algunas de menos de 30 metros cuadrados—, eliminando espacios vitales para la socialización.

Los que somos de otras generaciones recordamos las reuniones en casa de nuestros padres, donde cabían amigos, vecinos y familiares. Hoy, esa carencia de espacio privado nos obliga a mercantilizar el encuentro: para ver a un amigo hay que ir a un bar o a un restaurante. Esto convierte al espacio público, y especialmente al espacio verde, no en un adorno paisajístico, sino en una infraestructura esencial para la vida.

Es aquí donde debemos ser críticos. Durante años, el sector de la construcción ha operado bajo una inercia peligrosa: repetir el mismo diseño de torre de apartamentos desde la costa hasta la sabana, ignorando las particularidades del sol, el viento y la gestión del agua de cada lugar.

Esta falta de diseño bioclimático no solo es ineficiente; es costosa para los ciudadanos que terminan pagando energía para climatizar espacios mal planeados. Pero, afortunadamente, estamos viendo que el cambio es posible cuando hay voluntad técnica y presión ciudadana.

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El proyecto Bavaria Fábrica, en la localidad de Kennedy, es el mejor ejemplo de esta transición. Lo que inicialmente se proyectó en 2017 como una obra “dura”, saturada de torres y que implicaba una tala masiva de casi 10.000 árboles, se transformó radicalmente. Gracias a la persistencia de la comunidad que defendió su “Bosque Bavaria” y a una gestión administrativa que entendió la crisis climática, el plan parcial fue modificado profundamente. Ya no es solo un negocio inmobiliario: es un laboratorio de adaptación.

Esta propuesta es clara y potente: no se trata de expulsar a los seres humanos para proteger la naturaleza, sino de aprender a convivir. El nuevo diseño se obliga a implementar Sistemas Urbanos de Drenaje Sostenible (SUDS), que permitan que el agua lluvia regrese a la tierra y recargue los acuíferos en lugar de saturar un alcantarillado que ya no da más. Además, prioriza la conservación del arbolado existente y su reemplazo progresivo por especies nativas que protejan la fauna local, creando un corredor verde que conecta con los humedales de Techo y El Burro.

Bogotá, con sus más de ocho millones de habitantes, ya no aguanta más “obras duras” que ignoren la estructura ecológica. Experiencias como la del Parque Simón Bolívar nos han enseñado que es posible albergar biodiversidad —aves, pequeños mamíferos y reptiles— en medio de una intensa actividad humana.

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El reto para los futuros proyectos urbanísticos es entender que el verde es el nuevo estándar de calidad. Debemos pasar del urbanismo extractivo a uno que diseñe para la vida, donde el éxito de un proyecto no se mida solo en metros construidos, sino en la capacidad de generar bienestar para las personas y para el ecosistema que nos sostiene.

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Por Blanca Inés Durán

Bogotanóloga, ingeniera industrial y gestora pública.
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