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Cada vez está más claro: vivimos lo que la columnista del Washington Post, Anne Applebaum, llamó “el ocaso de la democracia”, a causa de las seducciones de los autoritarismos, especialmente en los países de occidente, que habían florecido económica y socialmente bajo los regímenes democráticos.
En América Latina adoptamos la democracia apenas en la década de 1980 y vivimos en una especie de “ocaso permanente”, donde este tipo de gobierno no termina de coger forma, y a pesar de las formalidades de los procesos electorales, el sistema es fácilmente manipulado a través de la corrupción, ya sea por las familias políticas tradicionales o por nuevos barones electorales.
En este ocaso de la democracia, los medios de comunicación, el “cuarto poder”, también se han desdibujado desde que entramos en la era de la internet. Cada vez son más propensos a entretener y menos a informar, cada vez menos eficientes en su labor de investigación y más dedicados a formar dogmatismos de acuerdo con su línea editorial, y han perdido la confianza de sus audiencias.
De igual manera la promesa de las redes sociales, ese “quinto poder”, esa ágora digital donde los ciudadanos por fin iban a tomar la voz, en realidad han sido rápidamente capturadas por los grandes capitales y se han convertido en herramientas de desinformación, de entretenimiento y de adoctrinamiento. En lugar de crear conversaciones colectivas, los algoritmos nos están individualizando y aislando en burbujas informáticas.
¿A qué podemos recurrir en estos tiempos aciagos? En este momento de crisis de la democracia, en el que estamos viendo en vivo a través de nuestros celulares cómo el autoritarismo se va instalando en el poder, es el momento de volver a lo esencial: los movimientos sociales y el poder de la sociedad civil.
En Irán, a pesar de la efectividad de la violencia para reprimir las protestas, varios movimientos, muchos de ellos de mujeres, cada tanto resurgen para mostrar su rebeldía contra el régimen autoritario.
En Estados Unidos, los ciudadanos de Minneapolis se organizaron para poder prestar apoyo a sus vecinos indocumentados. Se han organizado para llevar a sus hijos al colegio, para darles alimentos cuando no pueden salir de sus casas por miedo a caer en las redadas de ICE, y, a pesar del duro invierno, han salido a protestar a las calles por la muerte de tres ciudadanos que han caído a manos de esta autoridad federal.
En Bogotá, bajo el principio del poder de la acción colectiva, la semana pasada lanzamos la Fundación Vamos Colectivo, que busca apoyar iniciativas locales. Queremos apoyar, de la mejor manera que podamos, las iniciativas de los vecinos para solucionar los problemas que nos aquejan en la ciudad.
Basuras en la calle, los problemas de inseguridad, los encuentros para crear huertas comunales, iniciativas para proteger los ecosistemas de la ciudad, y cualquier otra idea que venga de los vecinos en los barrios. Queremos apoyar toda iniciativa que nos ayude a crear tejido social, a vernos, encontrarnos, dialogar, discutir y encontrar puntos de encuentro en medio de la diferencia y el desacuerdo.
Inicialmente, la Fundación Vamos Colectivo apoyará la formación de liderazgos de las personas que quieran promover soluciones a los problemas que viven en sus entornos. Además, trabajará en el apoyo jurídico a las familias de las y los deportistas víctimas de acoso sexual (situaciones que he denunciado ampliamente en esta columna), para evitar que sus casos queden en la impunidad.
La historia nos enseña que los principios liberales y democráticos siempre han estado bajo amenaza. Pero también nos dice que la formación del criterio y la organización social son la mejor resistencia contra los autoritarismos que pretenden consolidarse sin control. Es momento de vernos a los ojos y recuperar el poder de lo común.
