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Invasión de motos

Blanca Inés Durán

21 de mayo de 2026 - 12:04 a. m.

La semana pasada los medios y las redes sociales se inundaron con imágenes que los bogotanos llevamos viviendo (y padeciendo) desde hace años. Ríos de motociclistas invadiendo los andenes y parques, arrinconando y atemorizando a los peatones.

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Hace bien el alcalde Carlos Fernando Galán y la Secretaría de Movilidad en ponerse al frente de los operativos para controlar a los motociclistas. En estos controles no solo se sancionan a quienes invaden los andenes, sino que se identifican desde vehículos sin SOAT hasta motos robadas, que circulan con placas falsas y regrabados de motor y chasis, muchas usadas para cometer desde robos simples hasta fleteos. El control también genera beneficios en la seguridad de la ciudad.

Sin embargo, sabemos que estos operativos no son la solución definitiva. Una vez se levantan los controles las motos continúan apropiándose de andenes, parques y cualquier otro tramo que puedan usar. Es un juego del gato y el ratón.

Preocupan, además, los liderazgos negativos que vienen surgiendo de los grupos de motociclistas. A pesar de que saben muy bien que infringen la ley, y que no tienen ningún argumento para justificar la invasión de andes, el exceso de velocidad, y las maniobras imprudentes, también saben que son un grupo numeroso, capaz de bloquear la ciudad cuando salen tanto a protestar como en “rodadas” nocturnas y en piques ilegales, de los cuales el Distrito aún no ha podido controlar.

Son tan atractivos, justo en plena época de elecciones, que ya la senadora y candidata presidencial, Paloma Valencia, les radicó un proyecto para exonerar de SOAT a las motos de menos de 250 CC (alrededor del 90% de las que circulan en el país).

Esta movida, evidente para capitalizar el voto de cerca de trece millones de motociclistas, nos costaría al resto colombianos alrededor de 4 billones de pesos, como lo afirma el arquitecto de la Universidad Nacional Enrique Botero, en un artículo de La Silla Vacía, además de fomentar el tipo de transporte que más muertos y heridos deja en todo el país.

La verdadera solución estructural para el caos vehicular que se vive no solo en Bogotá sino en todas las calles y carreteras del país es la más evidente y sobrediagnosticada: el transporte público. Transporte de calidad, humano, seguro, eficiente, económico y digno.

Hay ciudades que le apostaron al carro como medio tanto de movilidad como de desarrollo económico (principalmente en Estados Unidos), otras (más que todo en Europa), le apostaron a la eficiencia del transporte público a través de las articulación de trenes, metros, buses, taxis y bicicletas.

Cada uno tiene tanto sus ventajas como desventajas, pero en Colombia, en medio de tibiezas, nos hemos quedado con lo peor de los dos mundos. Cada día se matriculan carros y motos a un ritmo frenético, sin que hagamos vías ni parqueaderos suficientes, y al tiempo no nos decidimos a poner en marcha el sistema de transporte público conformado por trenes de cercanías, metros urbanos, buses articulados y convencionales, y bicicletas públicas. El resultado: una pésima movilidad en transporte particular y una experiencia indigna en el transporte público.

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Estoy segura de que el transporte público es la mejor opción para Bogotá. No solo genera beneficios en la movilidad, sino en la equidad, el medio ambiente y el disfrute de espacios públicos dignos. La manera de reducir los vehículos en las cada vez más estrechas vías de la capital, es haciendo un transporte público en el que sea más atractivo para los ciudadanos bajarse de sus motos y carros y se suban al metro, al Transmilenio, al Transmicable, a los buses del SITP e incluso, al sistema público de bicicletas.

Por eso me preocupa tanto cada vez que los políticos de turno se esfuerzan por bloquear los proyectos de movilidad que necesitamos. Ya vimos que el presidente Petro intentó bloquear el metro de Bogotá, lo cual, afortunadamente no logró. Pero si es preocupante que no haya avances en la segunda línea del metro, así como los proyectos de RegioTram del norte y del occidente y de tantas obras que necesitamos para dejar de vivir en este caos normalizado en que se ha convertido la capital.

Por Blanca Inés Durán

Bogotanóloga, ingeniera industrial y gestora pública.
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