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La mala costumbre del tiempo

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Blanca Inés Durán
11 de junio de 2026 - 05:02 a. m.
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Hace muchos años conocí a Sandra Montealegre, una joven, casi una niña, que llevaba el activismo en las venas. Siendo apenas una estudiante de colegio, ya lideraba procesos de formación de juventudes, ejercía como personera y abría caminos para los derechos de los sectores LGBTIQ+.

Con solo 16 años, se sumó a los sueños colectivos que en su época parecían imposibles: la fundación del Polo Democrático Independiente, la creación del Polo Rosa y la aprobación de las primeras normas para el reconocimiento de las diversidades. Fue la primera delegada joven en el comité ejecutivo del partido; una mujer extraordinaria.

Cuando nos encontramos, yo tenía casi el doble de su edad y aspiraba a ser edilesa de la localidad de Barrios Unidos. Ella se sumó a mi campaña y, desde ese momento, nos convertimos en cómplices de batallas. A medida que crecía, expandió sus causas hacia el feminismo, la lucha contra el patriarcado y la construcción de paz. Su activismo, además, tenía un sello artístico: desbordaba oído musical, danza y alegría. Hizo que la resistencia vistiera de música, primero con una banda de rock de mujeres lesbianas y luego a punta de batucadas que encendieron múltiples marchas y protestas en Bogotá.

Sin embargo, el tiempo tiene la mala costumbre de alejar a las amigas. Cada una tomó un rumbo diferente. Aunque nos seguían uniendo el afecto y las luchas, la cotidianidad se nos fue perdiendo entre las manos; nos veíamos menos y nos llamábamos a cuentagotas. La última vez que hablamos, ella preparaba su cumpleaños número 40. Para mí era increíble: en mi mente seguía siendo la niña de 15 años que revolucionaba su colegio. En esa llamada conversamos sobre la edad, el futuro, los retos, los dolores compartidos, las amistades perdidas y las causas que se nos escaparon.

El fin de semana me enteré de su muerte a través de las redes sociales. Es una forma dolorosamente impersonal de enterarse del adiós de alguien que significó tanto. El distanciamiento nos había dejado atrapadas en esa conexión mentirosa de las pantallas, una ilusión virtual que nos hace creer que habitamos la vida de la otra persona, cuando en realidad hace rato nos hemos ido.

No pude evitar llorar. Lloré por su partida, por lo que el mundo pierde al quedarse sin su alegría y su pasión, pero también por la culpa. Sentí el peso de no haberla llamado más, de no haberla visitado. Siempre permitimos que una ocupación, un correo o una reunión nos impidan habitar el tiempo con las amistades.

La muerte es un sacudón del alma, un sismo que nos obliga a mirar la tierra firme. Damos el tiempo por sentado. Vivimos postergando: “después nos vemos”, “ahora estoy muy ocupada”, “luego te llamo”, “tengo que terminar esto”, “después te abrazo y te digo que te quiero”. Pero estos golpes secos nos quitan el “después”. Ya no hay mañana, ya no hay tiempo.

Se nos quedó por fuera el encuentro, la llamada, el abrazo y el “te quiero”. Hoy solo queda un vacío que nos recuerda que el tiempo tiene la mala costumbre de dejarnos sin amigas, y que la vida es un “ahora” que no se puede aplazar. Buen viaje Sandra Montealegre, que tu música suene sin parar allá a donde vas.

Blanca Inés Durán

Por Blanca Inés Durán

Bogotanóloga, ingeniera industrial y gestora pública.
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