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La mercantilización de lo público: cuando todo debes comprarlo

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Blanca Inés Durán
13 de agosto de 2026 - 05:05 a. m.
“La socialización se volvió un privilegio: solo quienes tienen dinero pueden disfrutar de compañía y de ciudad”: Blanca Inés Durán.
“La socialización se volvió un privilegio: solo quienes tienen dinero pueden disfrutar de compañía y de ciudad”: Blanca Inés Durán.
Foto: Cortesía
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Hace pocos días celebramos el cumpleaños 488 de Bogotá. Pronto celebraremos sus quinientos años, y para entonces la ciudad ya será otra: hacia esos días, cerca de tres de cada 10 hogares bogotanos estarán compuestos por una sola persona, más de un tercio de su población tendrá más de 50 años, y la proporción de niños y jóvenes seguirá cayendo, como viene ocurriendo hace dos décadas. Bogotá envejece y se fragmenta al mismo tiempo que cada vez tiene menos espacios donde socializar sin tener que pagar por ello.

Hace tiempo que la vida se volvió comprar. Compramos tiempo, compramos emociones, compramos experiencias, compramos amistad y ahora también se compran familias; al menos eso pasa en Japón. Ya nada es gratis porque se piensa que el tiempo es oro, que no se puede perder y que debemos estar produciendo a toda hora o somos unas vagas. Esa lógica meritocrática de “el pobre es pobre porque quiere, solo hace falta esforzarse más” nos ha llevado a explotarnos a nosotras mismas, como advierte Byung-Chul Han.

Esa autoexplotación no se queda en el trabajo: también coloniza el ocio. Salir con amigas ya no es sentarse en una banca a hablar sin agenda; es salir a pagar una cena o unos cócteles. Se acabó la época de ir al parque y pasar la tarde sin gastar más allá de un helado. El sociólogo alemán Jürgen Habermas describió este proceso como la “colonización del mundo de la vida”: el mundo de las relaciones cotidianas, la conversación y el encuentro casual va siendo absorbido por la lógica del sistema económico, que mide todo en términos de eficiencia y consumo.

Y no es un tema menor. La socialización se volvió un privilegio: solo quienes tienen dinero pueden disfrutar de compañía y de ciudad. El discurso de la seguridad nos ha encerrado en los centros comerciales, donde la mayor distracción es comprar y donde no comprar te convierte, casi, en una fracasada.

Ese mismo impulso ha llegado al diseño de los espacios públicos que aún nos quedan, y que poco a poco se van perdiendo: rejas que antes no existían, zonas verdes reducidas para “evitar suciedad y desorden”. Es la colonización de la que hablaba Habermas hecha urbanismo: un parque que antes pertenecía al mundo de la vida —abierto, sin condiciones, sin caja registradora— cede terreno ante una lógica de control y valorización inmobiliaria que también es, en el fondo, lógica de mercado.

Los nuevos desarrollos urbanos agravan el problema: barrios impersonales, edificios gigantes donde nadie conoce a nadie, sin comercio de proximidad que dé motivos para caminar la calle o saludar a un vecino —salvo que se tenga perro, pero esa es otra historia.

Por eso, ver los parques bogotanos llenos de familias elevando cometas, disfrutando gratis de un rato de alegría compartida, es una luz de esperanza en medio de tanto consumismo. Invertir en espacio público no es solo hacer lugares bonitos: es abrirle posibilidades de encuentro a una ciudad que, cuando cumpla quinientos años, será una ciudad de personas mayores viviendo cada vez más solas, y cada vez más explotadas.

P. D. Al momento de enviar esta columna ocurrió el temblor de Chocó. Hasta el momento, 132 personas han fallecido. Es una tragedia que afectó a Quibdó, Pereira, Cali y Medellín. No sólo quiero expresar mi solidaridad sino ofrecer mi ayuda en una tragedia que no vimos venir.

Blanca Inés Durán

Por Blanca Inés Durán

Bogotanóloga, ingeniera industrial y gestora pública.
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