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Las tribus políticas

Blanca Inés Durán

13 de febrero de 2025 - 12:05 a. m.
Presidentes Gustavo Petro y Donald Trump.
Foto: Archivo

Trump y Petro nos están demostrando que cuando se politiza desde lo más simple hasta lo más importante, se cae en discusiones sin sentido, los países no avanzan y la ciudadanía es la que sufre.

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El 29 de enero, un avión que transportaba a un grupo de jóvenes que practicaban patinaje sobre el hielo se chocó contra un helicóptero militar con tres tripulantes. El resultado fueron 64 personas muertas que viajaban en el avión, más tres del helicóptero, todas pertenecientes al ejército. Estados Unidos no sufría un accidente aéreo similar desde 2009.

Tras la tragedia, el presidente insinuó en su alocución que personas con discapacidades intelectuales o psiquiátricas han llegado a esos cargos debido a las políticas de inclusión a minorías implementadas por el gobierno Biden, y que, según él, han hecho que personas no capacitadas lleguen a cargos técnicos. “Debemos tener nuestra gente más inteligente como controladores aéreos. No importa cómo se vean, no importa cómo hablen, o quienes son, tienen que ser personas con talento natural. Genios, no podemos tener gente regular haciendo este trabajo, ellos no serán capaces de hacer este trabajo, pero vamos a restaurar la confianza en los viajes aéreos de Estados Unidos”, dijo Trump después del accidente.

Sin embargo, un trabajo de fact checking hecho por la BBC encontró que no hay nada que permita pensar que el accidente esté relacionado con las políticas de afirmación positiva e inclusión para minorías raciales, de género o con alguna discapacidad.

A pesar de ello, Trump hizo lo que mejor sabe hacer: echarle la culpa a una minoría para evadir su responsabilidad y convertir cualquier discusión en un show político que enfrenta a medio país con la otra mitad. Se profundizan las divisiones, aumenta la polarización y él, su partido y su gobierno salen vencedores, una estrategia que ha probado ser ganadora y con la que llegaron a la presidencia en 2016 y en 2024.

La misma estrategia se usa por estos lares. Petro politizó (de muy mala manera) la deportación de ciudadanos indocumentados desde Estados Unidos a Colombia, algo que se hace de manera periódica todos los años, y en una tuiteratón en la madrugada se empecinó en que no permitiría el aterrizaje de los aviones de Estados Unidos, sino que enviaría el avión presidencial a recogerlos. Su embeleco dejó a los ciudadanos colombianos deportados en el limbo y la zozobra y un enfrentamiento con el principal socio comercial que podía arruinar la economía del país. Como lo dijo William Ospina en su última columna, “Petro siente tanta lástima de que a sus colombianos les toque viajar esposados cuando los deportan, que los obliga hacer el mismo viaje tres veces”.

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Las discusiones de política pública contemporáneas son una batalla de posiciones sectarias donde lo que importa es tener la razón, hasta llegar al punto del delirio. Incluso parecen más pataletas de niños malcriados o de machos del lejano oeste que discusiones de estadistas que piensan en el bienestar de su países.

Los bogotanos estuvimos a punto de quedarnos sin metro por el capricho del presidente de hacer un cambio en la obra que hubiera dejado expuesta a la ciudad a demandas, investigaciones de los entes de control y un enredo jurídico - político que hubiera demorado la primera línea del metro unas cuantas décadas más. Y ahora, el mismo presidente ha decidido congelar la plata para la construcción del metro excusándose en la escasez de recursos. Si bien es cierto que existen limitaciones presupuestales, el problema principal parece radicar en una falta de planeación y en una intención de perjudicar a los mandatarios locales que no comparten la misma ideología política del presidente.

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Gracias a esa pelea, los bogotanos nos hemos dividido de manera sectaria y tribal entre los que defienden el metro subterráneo (petristas) contra quienes defienden el elevado (peñalosistas, galanistas, etc.).

En el mismo sentido se han politizado otras discusiones, por ejemplo, Transmilenio. Cualquier palabra a favor de este sistema de transporte provoca la ira de las bodegas petristas que califican a cualquiera de “peñalosista” y lo mismo ocurre con aquellos que lo critican y son cuestionados por ser, supuestamente, “petristas”. Como cualquier sistema, Transmilenio debe ser evaluado y los resultados deben servir para tomar medidas, ajustes o mejoras, es claro que el sistema no es perfecto, pero ya no podemos abandonarlo, la ciudad ya ha invertido mucho en él para dejarlo botado, por más metro que se construya, aún nos quedan muchos años de buses rojos.

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Así es el estilo de hacer política del mundo contemporáneo, una politización extrema de cualquier discusión inventada, que detiene el progreso, pero que es muy efectiva para sacar ganancias políticas. Las voces que llaman a la cordura, a la sensatez, a examinar las cifras y los datos antes de formar opiniones y después tomar decisiones, terminan tachadas por los extremos de tibieza y rápidamente nos mandan a la hoguera.

El problema de estas posiciones radicales, dejarse cegar por los sectarismos, está llevando al mundo a repetir la era de los enfrentamientos fanáticos que nos llevaron a la Segunda Guerra Mundial y posteriormente a la Guerra Fría. Trump está deshaciendo el orden mundial que basaba las relaciones internacionales en la interdependencia y la construcción de confianza, y esto está sucediendo también a nivel local.

Los ciudadanos sufrimos en nuestra vida cotidiana las consecuencias de esta política del show en la que estamos inmersos, y que nos ha llevado a los ciudadanos -en palabras del profesor Francisco Gutiérrez Sanín- a votar en contra de nuestros propios intereses.

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La deportación de migrantes y la guerra de aranceles del presidente Trump va a subir la inflación inevitablemente, especialmente en las regiones rurales que votaron por él masivamente. Echar a ministros a diestra y siniestra no va a acelerar el plan del gobierno, por el contrario, va a reducir su capacidad de ejecución y la eficacia para llevar los servicios que tanto necesitan las poblaciones que votaron por el cambio.

Sin embargo, todo esto queda en segundo plano, porque lo importante para los gobernantes contemporáneos es ganar en el juego de la demagogia electoral. La única forma de detener esta radicalización de tribus políticas es volver a la esencia de la democracia: volver al debate, al análisis de ideas, a cuestionar las noticias falsas y rechazar los discursos llenos de gritos y pataletas.

Si los ciudadanos no exigimos que los gobernantes se porten de forma madura y consciente y seguimos aplaudiendo los realitys amarillistas, estas peleas de jefes de Estado que parecen de borrachos a medianoche nos llevará a armarnos de piedras y palos, y la defensa irracional de tribu nos llevará a una nueva espiral de violencia a nivel mundial.

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Por Blanca Inés Durán

Bogotanóloga, ingeniera industrial y gestora pública.
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