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Durante años los bogotanos hemos visto las olas de personas que se suben al Transmilenio sin pagar, sea en portales o estaciones. Vimos también los enfrentamientos del personal de seguridad, que eran agredidos por tratar de evitar a los colados.
Después, las personas de seguridad eran atacadas en masa por los colados. La escena escaló y los guardias de seguridad empezaron a “actuar en bloque”, lo que llevó a enfrentamientos que parecían batallas campales entre guardias y colados. Pronto vimos heridos por bolillazos y quedó flotando la pregunta de hasta dónde deberían ir los guardias para evitar que los colados entraran al sistema.
En este escalamiento de fuerzas, ya vamos en la creación de “Escuadras Móviles” al interior del Transmilenio, compuestas por policías junto a guardias de seguridad, cuyo equipamiento se parece más al del ESMAD que al de un civil.
Esta necesidad de imponer el orden a través de la fuerza es un mal síntoma para la ciudad, es una espiral en la cual no deberíamos descender. No quiero posar de ingenua, el problema de la seguridad en Transmilenio es grave y por supuesto requiere personal que tenga la capacidad de controlar los desmanes que todos los bogotanos conocemos y sufrimos de manera cotidiana. El problema de la seguridad en Transmilenio se dejó escalar sin que ninguna administración se preocupara realmente por ella. Sin embargo, estoy segura de que la solución no es armar “miniescuadrones antidisturbios” sin observar realmente qué es lo que pasa en este sistema de transporte que genera tanto conflicto de manera cotidiana.
Por ejemplo, el problema de los colados va mucho más allá de unos cuantos que no quieren pagar por ahorrarse el pasaje. Algunas encuestas de convivencia en la ciudad han demostrado que muchos de los usuarios lo hacen porque consideran que el pasaje es caro y el servicio es indigno, lento, inseguro e ineficiente.
Para muchos, no pagar es su manera de protestar contra un servicio completamente deficiente. Aclaro, no los estoy justificando (quien use Transmilenio debe pagar y atenerse a las normas, como cualquier otro ciudadano). Sin embargo, puedo entender cómo el mal servicio, las montoneras y la sensación de indignidad de la experiencia, sumadas a una infraestructura que se creó para Dinamarca y no para Cundinamarca, ha llevado a que este problema se vaya incrementando de manera paulatina y constante, sin tomar medidas de fondo que resuelvan el problema.
Por esta razón me preocupa que el Distrito esté enfocando sus esfuerzos para afrontar el problema a través de la fuerza y haya abandonado la educación y la cultura ciudadana, una estrategia que ha rendido frutos tangibles, incluso en los momentos más oscuros y violentos que ha vivido nuestra ciudad.
Privilegiar la imposición de la fuerza en lugar de reconocer la importancia de mejorar el sistema para hacerlo más digno y eficiente no nos va a llevar a ninguna solución. Que yo sepa, los mejores sistemas de transporte del mundo no necesitan “escuadrones antidisturbios” para funcionar correctamente. La seguridad viene del buen comportamiento y se complementa de sistemas de vigilancia y control. El uso de la fuerza se aplica como última medida y cuando es necesario.
Tal vez el lector piense que estoy exagerando, que la estrategia de los escuadrones móviles es adecuada para un sistema donde, de buenas a primeras, se puede armar una batalla campal. Pero me preocupa la tendencia de Colombia a resolver los problemas por la fuerza, sin experimentar primero con una mejora en la educación y la cultura ciudadana.
Ahora iniciaremos un gobierno que ya anunció la creación de “bloques de defensa para la seguridad” en las ciudades. En Colombia ya hemos vivido las consecuencias de privatizar la seguridad, de darle las funciones del Estado a grupos privados e ilegales, o de la connivencia entre la Fuerza Pública con grupos privados de seguridad. ¿Qué tal si le damos una oportunidad a la educación, a la cultura ciudadana, y mantenemos el monopolio de la fuerza por parte del Estado?
