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El IDEAM ya lanzó la alerta: en junio inicia el fenómeno de El Niño. El país enfrentará sequías, incendios forestales y la sombra de nuevos racionamientos. Es el cuento de nunca acabar. Mientras aún lidiamos con los estragos de lluvias extremas, granizadas e inundaciones, ya estamos a las puertas de la escasez.
Hace un año terminó el racionamiento en Bogotá y la administración nos aseguró que no había nada que temer, proyectando tranquilidad para las próximas tres décadas. Pero, ¿es responsable sentarse a esperar la sequía sin cambiar nada? No hablo de recoger agua en baldes o bañarnos en pareja, como decía el alcalde; hablo de soluciones de largo plazo que superen los “pañitos de agua tibia” frente a la tragedia.
Cifras para dimensionar el desperdicio: en Bogotá caen al año cerca de 414 millones de metros cúbicos de lluvia. Eso equivale a llenar 2.000 veces el estadio El Campín. Sin embargo, esa riqueza no se aprovecha. Por el contrario, corre veloz por el pavimento, colapsa el alcantarillado, se contamina al tocar el suelo y se convierte en un problema de emergencia en lugar de ser un recurso.
¿Cómo sería una Bogotá sostenible?
Imaginemos una ciudad que aproveche esa gran ventaja. Empecemos por los hogares y las empresas: en lugar de usar agua potable —que nos cuesta tanto dinero y energía limpiar— para algo tan básico como descargar el inodoro (sacar la m… de nuestras casas) deberíamos contar con sistemas de redes dobles. Usar agua lluvia para sanitarios, riego de jardines, lavado de pisos o incluso para la lavadora, podría reducir a la mitad el consumo por vivienda. Con una medida así, el racionamiento pasaría a ser un mal recuerdo del pasado.
Pero el cambio debe ser también urbanístico. Necesitamos una “ciudad esponja”. En lugar de endurecer cada metro cuadrado con cemento, debemos apostar por sistemas urbanos de drenaje sostenible. Necesitamos andenes verdes que infiltren el agua y parques que funcionen como retenedores naturales, siguiendo el ejemplo del parque AguaViva en Puente Aranda.
Para lograrlo, se requiere voluntad política y reglamentación clara. Es urgente crear incentivos para que las propiedades ya construidas adapten sus redes, y obligar a que toda nueva construcción nazca con esta infraestructura necesaria.
Es absurdo: estamos botando agua limpia por el inodoro y luego nos lamentamos por la sequía. Es hora de que las y los bogotanos pensemos en un futuro verde y con una gestión del agua inteligente.
No podemos seguir repitiendo emergencias cíclicas. No podemos permitir que nos siga lloviendo sobre mojado.
