El reciente anuncio de la disminución en el alumbrado público navideño nos deja pensando cómo este gobierno distrital toma decisiones que afectan a las poblaciones más vulnerables de la ciudad.
La semana pasada, el alcalde Galán anunció un recorte en el alumbrado navideño, afirmando que el motivo era el ahorro de energía. Este anuncio deja por lo menos dos inquietudes sobre cómo y por qué motivos se tomó esta decisión de reducir el tradicional alumbrado navideño del que tradicionalmente tanto disfrutamos los bogotanos.
La primera es cómo decidieron cuáles serán los lugares que sacrificarían su alumbrado. En un artículo de El Tiempo del 26 de noviembre, el alcalde explica que solamente se mantendrá en la Plaza de Bolívar, en el corredor de la 7ma, en la plaza cultural de Santamaría y en el Parque Nacional.
La decisión de dejar el alumbrado sólo en 20 cuadras de la ciudad, dejando vacías a los demás parques y las plazoletas, deja sin luz a más de tres millones de personas que solían visitar el Tunal, Ciudad Montes y Timiza para admirar la iluminación. Los habitantes de los barrios más alejados tendrán que cruzarse toda la ciudad para ver la iluminación que estará concentrada en el centro, una zona que ya de por sí es caótica en términos de movilidad y espacio público y que se le va a añadir la visita de millones de personas.
La segunda inquietud es cuál es el papel que juega el sector privado en este racionamiento. En el mismo artículo se afirma que la meta de esta administración es reducir el consumo de 70.550 kWh a 36.000 kWh, pero parece que todo el ahorro es responsabilidad del distrito, porque el ahorro privado no se ven por ningún lado.
Mientras el ahorro queda bajo responsabilidad del distrito, afectando a las poblaciones de los barrios periféricos, los centros comerciales, parques de diversiones y otras empresas que aumentan su consumo de energía en Navidad no tienen que solidarizarse con la apretada del cinturón.
Este recorte parece más bien originado en la falta de planeación, pues al parecer la contratación no se hizo a tiempo. Presentan esta decisión como un gran triunfo y lo comparan con los recursos invertidos por la administración anterior, como si fuera motivo de orgullo decir que ahora se invierte menos en la recreación de los más vulnerables. ¿Desde cuándo recortar el presupuesto de la recreación de las personas con menos ingresos se puede ver como un avance para la ciudad?
Las personas que tienen más ingresos podrán tener espectáculos pagos de iluminación, como el que presentarán en el Campin (de nuevo, a manos de privados), o los que harán los centros comerciales. Si el objetivo de la administración era generar un ahorro de energía, ¿por qué no pidió al sector privado que no iluminara? ¿Por qué no hizo una campaña de iluminación alternativa o de no usar luces sino adornos ecológicos? ¿Acaso se genera realmente un ahorro de energía con esa medida? Pues no parece que sea así.
Este tipo de estrategia cae dentro de lo que ha dado en llamarse “greenwashing” –tratar de etiquetar de “ecológica” “verde” o “ambiental” a una operación que nada tiene que ver con la conservación de los recursos-. De esa manera, se logra lavar la reputación una acción que no es más que lo mismo de siempre y darle aspecto de esfuerzo loable. Si fuera el caso que no logró completarse la contratación, la etiqueta de “cuidado ambiental” vendría a disfrazar la ineficiencia de esta administración.
Esto se suma a otras decisiones arbitrarias que ha tomado este gobierno de cortar con programas que venían de gobiernos anteriores, y que beneficiaban sistemáticamente a las poblaciones más vulnerables de la ciudad. Por ejemplo, el sistema del cuidado, que ha sufrido un recorte en presupuesto y personal, especialmente en los servicios de respiro como actividad física, escuela de la bicicleta y yoga. No importó que este programa fuera un referente internacional y la base del sistema nacional del cuidado, el distrito cortó el apoyo y ya no cuentan con el personal para atender a todas las mujeres cuidadoras a las que antes atendía.
Lo mismo ha pasado con el Equipo Bogotá, la estrategia de formación del relevo generacional de los y las deportistas que representan a la ciudad en juegos nacionales y en competencias internacionales. Ahora hay menos presupuesto, menos profesores y contratos de tres meses que no permiten darle una continuidad a los programas.
Ni siquiera el logo del Equipo Bogotá se salvó a los recortes arbitrarios. Durante el año 2021 y 2022 se hizo un trabajo en conjunto con los y las deportistas de la ciudad y se diseñó una imagen que representara los valores de la ciudad. Se usó de referencia los cerros orientales, nuestro máximo símbolo de Bogotá, y se transformó en un podio que mostrara la apuesta por el triunfo que tienen los y las deportistas capitalinos. Finalmente, se adoptó como mascota al tigrillo lanudo de los cerros orientales, una especie felina endémica de Bogotá.
Sin importar este trabajo previo, la actual administración cambió la imagen del Equipo Bogotá por unos íconos impersonales que parecen sacados de Power Point, y que no reflejan en nada a la ciudad. El lector puede comparar los dos escudos y juzgar por sí mismo.
La administración actual sigue jugando a empezar de ceros cada cuatro años y anular con decisiones arbitrarias los programas anteriores que estaban generando beneficios en la población. Los discursos de construir sobre lo construido quedan en puras palabras vacías, y el ego de los gobernantes seguirá siendo la prioridad por encima de nuestra ciudad.