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Asaí


Brigitte LG Baptiste

26 de septiembre de 2024 - 12:05 a. m.

Mohamed Sleiman Labat, artista del pueblo Saharauri, conoció la Amazonia la semana pasada. Probando el extraño sabor del asaí con tapioca, hablamos de la extrema diferencia ecológica que hay entre su casa, en el campo de refugiados de Samara al sur de Argelia, y la isla de Cotijuba, una de la muchas que existen en la desembocadura portentosa del río Amazonas, cerca de Belém do Pará, donde estábamos. Mohamed hace cine y trabaja desarrollando microhuertos en las esquinas de las construcciones donde, con un mínimo de sombra y agua, protege algunas plantas que logran crecer a pesar de las altas temperaturas en el desierto. En épocas de mitad de año hace tanto calor que los niños se ven obligados a migrar al fresco verano de Andalucía, en España, país que, pese a haber ocupado el Sahara por casi un siglo (y perderlo ante Marruecos en 1975), ejerce un rol ambiguo con respecto a los que en un tiempo fueron ciudadanos en colonias del siglo XX y hoy son apátridas.

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Compartiendo historias de selvas y dunas, nuestros anfitriones, artistas también de diversos colectivos paraenses, nos contaron cómo la historia del éxito del asaí en el mundo, proveniente de su excepcional calidad nutricional, había acabado por encarecer tanto el famoso fruto de los palmares silvestres amazónicos, que mucha gente local ya no tenía cómo acceder a él, habiendo sido uno de los pilares de la seguridad alimentaria de la región. Hoy día, el Estado brasilero de Pará, más grande que Colombia, produce el 90 % del asaí que se exporta al mundo entero y se vende a precios exorbitantes en las tiendas naturistas y secciones de alimentos funcionales de los supermercados, donde quienes pueden pagarlo esperan incrementar una sana longevidad. El bowl de asaí se ha convertido en una innovación gastronómica planetaria, y hoy en día se consiguen helados y bebidas de asaí con origen nacional en casi todas las ciudades colombianas.

La economía basada en la extracción del superalimento ha tenido efectos también controversiales en otras partes: pese a contribuir con el desarrollo de la bioeconomía, tan necesaria, tiende a evolucionar hacia modelos extractivistas ya conocidos en la historia, donde las comunidades locales pierden rápidamente el control de lo que para ellos son medios de vida y fuente de bienestar, ante lo que otros consideramos un recurso. En teoría, las buenas prácticas de manejo y el comercio justo deberían garantizar la equidad en la distribución de los beneficios de una fruta que proviene de selvas protegidas por los indígenas por milenios, quienes hoy, sin embargo, solo ganan algún dinero como cosecheros. La selva tiene hoy otros propietarios y, además, el asaí debe competir con la coca y las vacas que los deforestadores siguen llevando a la región mientras se ríen en la cara de las autoridades, impotentes. Mohamed se sorprendió con el clima, que pensó sería húmedo y pegajoso, pero durante la semana larga que duró su visita solo llovió, brevemente, una tarde. Mientras tanto, ardían millones de hectáreas en el sur de la Amazonia, haciendo irrespirable el aire de Sao Paulo y otras ciudades. La sequía ha sido devastadora en todo el continente, y Bogotá, ciudad que depende del agua de la selva, siente sus efectos: vivimos los meses de agosto y septiembre más secos de la historia.

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Paradójicamente, el día que lean esta columna, Mohamed aún estará tratando de llegar a casa: las lluvias del sur del Sahara inundaron el desierto, causando estragos en los campos de refugiados. Espero que haya encontrado bien a su familia y que le pueda contar a su pequeño hijo de cuatro años las aventuras que tuvo en las selvas ecuatoriales, the rainforest.

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