Se dice que Bela Lugosi murió atrapado por el personaje cinematográfico de Drácula, algo que la Bardot esquivó al renunciar, a los 39 años, a la fama. No era fácil ser la primera mujer creada…
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Después de Lilith y Eva, las tradiciones teocráticas habían logrado controlar con la figura de la Virgen María el erotismo femenino, concentrando el rol de la mujer en una extensión infinita y abnegada del cuidado de los hijos, incluso prescindiendo de la biología. Fue tan poderosa esa perspectiva que hoy algunos ambientalismos la han recogido como fuente de inspiración para proteger la Tierra, vista como ese “planeta madre profanado por el patriarcado”, y que en el caso de la actriz francesa acabaría por devenir en un animalismo acérrimo, indignado con lo humano, al punto de convertirla en un referente del racismo y la derecha europea. Pero eso lo cuenta ella mejor en sus memorias (1986), donde reconoce que Vadim construyó, junto con ella, el mito. Pero él tampoco era dios, aunque siguió intentando con la Deneuve y otras más.
Brigitte, a pesar de sí misma, se convirtió, a diferencia de tantas actrices, en la presencia de una rebeldía femenina que en Hollywood tuvo otras características: sus divas también tuvieron rostros inocentes y cuerpos seductores, sobre todo arquetipos nórdicos para la gente de sus tiempos, al punto de que la venta de decolorantes y tintes se convirtió en la marca histórica de una manera de desear. Pero la Bardot, en su pasión juvenil, fue absolutamente genuina y espontánea, y en el ecosistema del cine francés de sus tiempos se convirtió en símbolo de la sensualidad sin culpa, la ruptura visible con los códigos morales tradicionales, la presencia de una mujer autónoma, deseante y dueña de su destino… sin ser activista ni caer presa del mercadeo.
La invención de la feminidad está permanentemente sobre la mesa, nos recuerda hoy el fallecimiento de Brigitte Bardot, cuando retorna el reclamo fantasmagórico de la responsabilidad reproductiva de las mujeres ante el colapso demográfico de muchísimas sociedades, como si el problema del mundo no fuese la equidad y la justicia plena para todas las personas, sino la biología y las garantías para el entrenamiento dogmático del ADN que exigen los nacionalismos patriarcales y los movimientos que ven en los feminismos y las migraciones dos caras del mismo problema y no su solución. Las que ayudaron a crear, con ingenuidad o codicia, a los Epstein que requieren los patriarcas consumidores de sexo animal, también las conejitas de Hefner, o las Cicciolinas combativas, acabaron dándose cuenta de que el poder con que fueron invitadas a manifestarse era real, incontrolable y liberador, y por eso aterrorizan: Lilith, reencarnada.
Brigitte fue única, y su mayor legado no es haber asumido el eros de la francofonía, sino haber renegado de él cuando se dio cuenta que se había convertido en cárcel. Su tránsito fue hacia la vida monacal (no sé de su austeridad), donde genuinamente y con el tiempo devino en lo que descubrió que quería ser, gustásenos o no. Porque cada quien inventa su propia mujer, como nos enseñó Charlotte von Mahlsdorf (Tusquets, 2024) enfrentando a nazis y estalinistas por igual, o como nos reclama la indomesticable Camila Sosa, para no hacer solamente referencia a las feminidades y los feminismos europeos o coloniales. Hay construcciones de mujeres por otras diosas, como hacen o reconocen innumerables lideresas indígenas y negras conscientes del problema de la interseccionalidad y de la multiplicidad de las fuentes de opresión: en cada una encontraremos una visión de la sexualidad y el deseo como parte de su propuesta de transiciones hacia nuevos cuerpos y nuevas realidades en medio de la diversidad. Paz en la tumba de BB.