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La mayoría de las iniciativas adaptativas que se busca implementar en el presente ante la crisis climática y de biodiversidad son apenas ajustes leves al contexto cambiante del planeta, que sirven para comprar tiempo en tanto las transiciones van permitiendo avizorar o construir las nuevas maneras de habitar el mundo, requeridas cuando sobrevenga el apogeo de lo que apenas empieza se produzca: 2030-2050. La carbononeutralidad, la circularidad, incluso la sostenibilidad son apenas pañitos de agua tibia para retrasar los efectos del desajuste atmosférico (inevitables), la deforestación masiva (en veremos) o el reemplazo de la biodiversidad silvestre por ecosistemas simplificados (con algunas señales de reversión). El llamado es a invertir todos los esfuerzos posibles en restauración y regeneración, con el fin de restituir las capacidades de autoorganización que la complejidad ecológica provee, y que habrá que combinar con lo que las inteligencias artificiales comiencen a decirnos sobre las rutinas productivas de la segunda mitad del siglo XXI, marcada por el colapso de la población económicamente activa, cuando cada joven que nazca hoy tendrá que hacerse cargo de sí y de uno o dos adultos mayores, muy pocos “pensionados”, pues la categoría desaparecerá de no modificarse la norma en el sentido contrario al que hoy proponen la mayoría de sociedades. De lo contrario, el ancianato será el metaverso con suero y sin subsidio.
En cierta forma, todos estamos en fase negacionista, ya que la única forma de navegar las crisis planetarias con cierta esperanza y perspectiva nacional o local es la inversión masiva en innovación, ciencia y tecnología, y en un cambio de paradigma educativo que aún no roza el sistema. Los doctorados, gomelos o no, son un instrumento central en esta tarea, pues lo que los hace merecedores de un PhD no es su ego o su belleza, así a veces lo parezca, sino el apego a un método para construir conocimiento. El debate en este sentido es tan peligroso como el que considera que hay jaguares neoliberales y jaguares populares o revolucionarios, resultado de las fuerzas sociales que han definido su posibilidad de existir. En ello está la deforestación amazónica, secuestrada por la ideología: la derecha acaba la selva para poner las mismas vacas que la izquierda, aunque las rentas, de antemano insostenibles en ambos casos, sean temporalmente capturadas por sectores diferentes de la población. Magra justicia ambiental es repartir la degradación ambiental como simulación de equidad.
El conocimiento experto existe, sin lugar a duda, y hay (y conmigo, me pongo en el cesto de la duda) mucho PhD inútil, casi al nivel de los artistas, que son los menos aptos para dirigir instituciones, gracias a que su talento les libera de ambiciones burocráticas, aunque no necesariamente de otras veleidades. La inutilidad, aclaro acá, es positiva, en tanto reflexiva, creativa y alejada del apetito clientelista de quienes, con el escudo del activismo y las buenas intenciones, se atreven a asumir cargos de responsabilidad administrativa… y hacen pior: una cosa es el Congreso, otra las Cortes, otra el Ejecutivo (queda el último con mayúscula para no desentonar). Tanto las artes como las ciencias requieren inversión seria y continua para consolidar sus contribuciones a la construcción de la sociedad que habitará el mundo del caos climático: sin ellas nada de lo que hagamos servirá más que para comprar tiempo, cada vez más escaso, y caro. El resto es mermelada.
