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Cultivar conservando, conservar comiendo

Brigitte LG Baptiste

24 de junio de 2021 - 08:16 a. m.

En buena hora anuncia el Minagricultura 16 planes de desarrollo sectorial en zonas afectadas por el conflicto armado, una iniciativa que se deriva del cumplimiento del Acuerdo de Paz, al igual que la eventual creación de la especialidad judicial agraria y rural. Entretanto, los vecinos de una amiga cultivan tilapia (tan sabrosa como exótica ella), piden crédito barato y vierten las excretas al río en la noche, deforestan de día los escasos bosques que les quedan porque trajeron vacas flacas, caras: allá van, sacan sal, pastan, acaban asadas, diría Radragaz. Vendrán las crecientes y arrasarán amiga vecina, vacas, piscinas y traquetos; la hacienda ha sido adquirida recientemente por “empresarios rurales” cuyas reglas nadie cuestiona o amanece mal, de golpe hasta en el mismo río. Como si el cambio climático respetara las interminables fiestas de patrones que dan órdenes al territorio en el mismo tono que a las autoridades ambientales.

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Exportamos carne a Macao, ojalá con alguna garantía de buenas prácticas. Tratamos de consumir productos nacionales no narcogénicos, con trazabilidad social y ecológica, sea con sellos a gran costo que pagamos como consumidores responsables o bajo esquemas de confianza y amistad con productores indígenas y campesinos. En la plaza preguntamos por el origen de las verduras y nadie sabe. Hasta mejor… Cebolla larga de Santurbán o de la laguna de Tota, repletas de agroquímicos y destrucción ecológica. Papa de cualquier parte, mera cáscara cancerígena. Frutas colombianas magníficas, lavadas en fungicidas, o frutas importadas sin sabor, que llevan meses en un refrigerador. Arroz devastador del Casanare o amigable con las aves de San Martín. Chatarra con exceso de azúcar, de mal aceite, malos aditivos, parece que al fin con etiqueta. Panela, chontaduro, fríjoles, unos malos, otros buenos. Plantas medicinales y adobos mediterráneos o asiáticos que hasta los pueblos amazónicos creen que son nativos. Lentejas de la agroindustria canadiense o soya de la brasilera para los vegetarianos. Palmitos del Putumayo para apoyar la paz. Mermeladas familiares apoyadas por USAID y la UE para robarle adeptos a la siembra de coca… fumigada. Harina de trigo importada porque ya no hay trigo en Colombia, que si hubiera de nuevo tendríamos lindos molinos de piedra para el turismo y otra ola de devastación ambiental. O tal vez no, quién quita que en este panorama lleno de contradicciones hayamos aprendido algo y seamos capaces de cultivar sin acabar el suelo, sin desperdiciar el agua, sin abusar gente, sin envenenarnos. Que hayamos aprendido que cultivar es conservar, aunque para la ley colombiana aún sea imposible, y que no debería haber contradicción entre el mantenimiento de los procesos ecosistémicos, que dependen totalmente de la biodiversidad, y la producción de comida.

Les traigo un reto para alternar con las malas noticias: de la A a la Z, jueguen con sus familias a completar un listado de plantas o animales típicos de sus barrios, sus veredas, su paisaje. La primera vez, se valen los más genéricos, la segunda ya no. Al “pájaro” de la letra “p” lo tienen que convertir en “perico”. Más adelante, el ABC será sólo de aves, en Colombia tenemos casi 2.000 especies, no hay escasez. O de árboles, hay más de 10.000. Y cuando hayan hecho muchas rondas, piensen en la comida de nuevo, de dónde viene, cómo se produce y si ayuda con la conservación. Ahí está la sostenibilidad.

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