El Museo Nacional de Brasil ardió en 2018, llevándose un patrimonio cultural inmenso, no solo del país, sino del mundo entero. Ayer visité las primeras salas restauradas, la más importante para los niños, donde les muestran las maravillas de hacer ciencia a través del arte y viceversa. Se oían sus gritos emocionados por todas partes, en un palacio originalmente ocupado por el emperador Pedro y donde sólo se puede acceder a una parte del primer piso, el resto tardará años en volverse a recuperar. Cruzando el atrio, donde reposa de nuevo el gigantesco meteorito Bendegó, inmune a las llamas de los humanos, hay una sala con una exhibición maravillosa de objetos impresos en resina y cenizas del incendio, donde la memoria vuelve a tomar forma, así la originalidad haya desaparecido: es la cualidad de la cultura, capaz de retomar el pasado y volverlo a la vida cada vez con mayor riqueza.
En Tolima y tras partes del mundo donde vemos el mundo arder como efecto del que será el año más cálido de la historia reciente de la humanidad, nos enfrentamos a la reconstrucción del paisaje, mientras en las ciudades afectadas por el terremoto, al hábitat humano. En las zonas afectadas por la extracción ilegal de oro o por los combates absurdos entre grupos al margen de la ley vemos los inmensos retos de recuperación que se suman a los desastres acumulados del pasado: inundaciones, deslizamientos y, por supuesto, aquellos derivados de la corrupción. Una suma de apocalipsis que nos llenan de desesperanza y, eventualmente, a retraernos y pensar que no hay futuro. Pero nada más lejos: nos levantamos una vez más y hombro a hombro volvemos a intentarlo.
En la teoría de sistemas complejos, las sorpresas destructivas juegan un papel fundamental en la renovación: de no ser por un gran meteorito, no dominarían los mamíferos; de no ser por los eventos disruptivos que ocurren en todas las escalas, no habría evolución. Esta perspectiva del disturbio ha hecho carrera en ecología para entender los ciclos vitales y en ella descansa la noción de sostenibilidad de las actividades humanas, ya que nuestra especie es, para el mundo, un gran elemento perturbador, pero que al tiempo es capaz de reconocerlo y aprender de ello.
Destruir y volver a crear es el ciclo de las cosas, con o sin dioses o diosas. Podemos aprender a restaurar bosques o ciudades y diseñar todo cada vez mejor, sin duda, pero para ello se requiere una perspectiva de cambio que implique liberarse de los dogmas de continuidad o de las certezas que guiaron los triunfos del pasado: ese es el paradigma del “cambio transformacional” que nos llega de la IPBES y de una parte de las academias del mundo, conscientes de que la humanidad, haciendo las mismas cosas de siempre, no llegará lejos. Añado yo: tratando de ser las mismas personas que el adoctrinamiento escolar, con o sin ideologías explícitas, privilegia. La adaptación empieza por la educación para la adaptación, y no parece que nos estemos dirigiendo hacia allá desde hace décadas. Escribo estas líneas desde el encuentro de museos para afrontar el cambio climático, frente a la colección más maravillosa de objetos científicos… desahuciados: es evidente que incluso la manera de indagar por el mundo ha cambiado.