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Como es imposible no referirse a los resultados electorales del domingo, coincidentes con la conmemoración del Día de la Mujer, empezaré por lamentar la salida del Congreso de personas tan valiosas y aguerridas como Katherine Miranda, Angélica Lozano o Julia Miranda. Gracias por su gestión, cuya calidad reafirman quienes solo han tenido actitudes violentas o sexistas para con ellas. Felicidades a Jennifer Pedraza, será un bastión.
Decía un trino del lunes que, de ser elegida Paloma con Oviedo, deberíamos agradecer a la derecha la primera mujer presidenta y el primer gay vice, toda una paradoja. Pero es un buen indicador de que en los temas de género deben prevalecer aspectos culturales y no biológicos, en un momento en que arrecian las críticas y la violencia contra las diversidades y se quedan los argumentos de derechos en la anatomía o en los roles reproductivos de la manada: la perspectiva zootecnista del animal humano.
La conmemoración del “Día de la Mujer” es un espacio de memoria en el que se nos urge a tener presente la historia de las discriminaciones basadas en atributos inventados convenientemente. Por eso es inconsistente que aún hoy se busque excluir de la plenitud de derechos a las personas que hemos entendido que los feminismos son un conjunto de expresiones de la sociedad dirigidas a garantizar la participación justa y plena de todas las personas en la sociedad, independientemente de la forma que escojamos para manifestar nuestro género. Leer que el Día de la Mujer es sólo para mujeres “cis” entristece: siglos de luchas para zafarnos de obligaciones biológicas para terminar siendo definidas por la presencia o ausencia de uno o más órganos, o una fisiología y genética invisibles.
En las gestas electorales invito a colombianos y colombianas a ratificar su respeto a las diversidades, y a repudiar los hechos de violencia contra todas las mujeres, que se siguen presentando de manera atroz: sólo al día de hoy, en lo corrido del año, van 18 mujeres trans asesinadas con evidente odio; feminicidios en la plenitud de la definición, porque sus autores vuelcan sobre la feminidad más deliberada, la de sus víctimas, su incapacidad de ejercer sanamente su deseo o reconocerse vulnerables. De ahí que uno de los proyectos indispensables para los gobiernos que elegiremos en mayo o junio sea la revisión de la educación sexual, pues el adoctrinamiento de género sigue siendo uno de los aspectos más críticos del ejercicio del derecho moderno: porque quien cree que hay que criar niñas en rosa y varones en azul (o cualquiera de sus variantes), lo que crea es una ruptura trágica en la construcción de identidades gozosas y proyectos de vida liberados de la carga de la culpa con que les torturamos.
En un momento en que avanzan las resistencias a la libertad de género, y se culpa a las mujeres de la crisis demográfica, es fundamental hacer evidente la falta de responsabilidad de los hombres en la crianza compartida, algo que pesa mucho más que las decisiones biológicas de gestar o criar. Por eso la adopción de parejas del mismo sexo o las “p/maternidades” trans son tan valiosas: son decisiones generosas, plenas de sentido y lejos de los “accidentes” reproductivos con los cuales la mala educación y la discriminación estructural hacia la mujer están “contribuyendo” al crecimiento demográfico de la población. Ya nos enfrentaremos a los retos de la persistencia biológica de la humanidad cuando los robots y las IA sean programados para facilitarla o hacerla imposible, tema que también tiene sus matices regulatorios y electorales.
