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Efervescencia y conjuro

Las personas habitamos, sin darnos cuenta, muchos mundos a la vez. Vivimos, al decir del ecólogo Carl Holling, en un mundo de remolinos y burbujas que constituyen un río que siempre fluye, así tenga remansos y raudales. A la aparición y desaparición de cosas que se entrelazan o separan, los humanos lo llamamos cultura, ese sentido de orden que producimos porque necesitamos y nos conviene, para navegar una existencia efervescente, siempre en movimiento, siempre llena de sorpresas y entidades emergentes. Por eso quitar cuadros y otros objetos en un recinto de reflexión colectiva es un desgaste de energía tan grande que Howard Odum, otro ecólogo, lo consideraba pecado: lo único que importa en la historia, decía, es saber manejar la potencialidad, no desperdiciar un vatio, una caloría en tratar de gobernar lo ingobernable, la evolución.

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Las mujeres trans, como corresponde a todo agente subjetivo, nos consideramos las más evolucionadas del planeta. Lo clamamos a los cuatro vientos, exhibicionistas y mediáticas: el género es una invención histórica que puede ser transformada, así su fundamento sea la biología. Pero nada es sólo su biología, a pesar de que a muchas personas les parezca un buen argumento para discriminar. Notamos escepticismo en la sociedad, rechazo, nos acusan de tratar de subvertir un orden natural que dicen conocer. Nos da igual, es parte del gran pacto social que hemos venido construyendo a través de la libertad de expresión y desarrollo de la personalidad, y que funciona porque confiamos en la madurez de quienes nos controvierten y a quienes controvertimos, siempre con ánimo festivo, nunca violento. Podemos ser un camino sin salida de la evolución cultural, cierto, burbujas efímeras del sancocho social. Pero con el resto de personas que expresan su derecho a construir identidad, por ejemplo, creyentes en algún ser trascendente, activistas de la agroecología, migrantes esperanzados o miembros de una comunidad indígena, participamos de las dinámicas culturales con toda la intensidad que podemos y con todo el ánimo de aportar al bienestar colectivo. Con una ética robusta desde la cual rechazamos la exclusión y el maltrato. Porque todo planteamiento de convivencia que crea categorías de moralidad superior es insostenible e injusto, lo ha mostrado la historia una y otra vez.

La diversidad es la cualidad que mueve la creatividad, probablemente la propiedad que necesitamos más urgentemente en este mundo de crisis múltiples. No puede haber exceso de diversidad, como algunos plantean, solo porque se les atragantan los sentidos; eso se resuelve con madurez, no con autoritarismo. Simplificar las cosas para operar sobre ellas es un mecanismo gerencial para cierto tipo de burbujas —las empresas, por ejemplo—, pero es letal para la sociedad. Lo dicen las ciencias de la complejidad, y cito al ingeniero colombiano Julio Carrizosa, inspirador del ambientalismo complejo. Al final, la vida transcurre como una gran obra de arte que se teje entre todos y todas, niños, niñas y adolescentes, porque evoluciona continuamente, y nadie tiene el derecho de imponer la trama; es simplemente imposible.

Construir sobre la diferencia es incómodo, perturbador, a menudo frustrante: requiere un esfuerzo real y, sobre todo, disposición a ceder en aras del bien común. A eso nos convoca la historia, lo contrario es un conjuro para hacer ingobernable al mundo. Y desaparecer por incompetentes: ahí si todo es biología.

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