Con relativa frecuencia recibo invitaciones “a conversar” por las redes sociales. Siempre les doy la bienvenida. Lamentablemente, la mayoría parten de la premisa de mis defectos y debilidades, que quienes me invitan están en capacidad de atender, con lo cual pierdo rápidamente el interés. No porque no tenga defectos y debilidades, por supuesto, sino por las dificultades de plantear un diálogo que parte de la superioridad moral del otro. En ventas lo tolero, sé que los expertos en mercadotecnia intentan todo el tiempo convencerme de que mi vida no tiene sentido sin tal o cual producto, y juego el juego, que se resuelve en décimas de segundo: no cambio de pestañina cada vez que otra diva me lo recomienda, así ame a las dos.
Los “pastores”, como los llamo con afecto, concursan para salvarse a sí mismos, hacer puntos, tratando de salvarme a mí de algo que yo no tengo idea, pero que para ellos o ellas (casi nunca son mujeres, debo decirlo) es fundamental. Su infierno, por lo general. En mi infancia, cuando leí el Apocalipsis, quedé traumatizada con las imágenes que luego el Dante utilizaría en la Divina comedia para hacer sus comentarios políticos del siglo XVI, pero con el tiempo me di cuenta de que el horror eterno era una invención espantosa del mercadeo eclesiástico para adoctrinar a las masas y luego hacerse matar por sus líderes con la promesa del Paraíso: una obscenidad total. Ayatolás y rabinos radicales, amén de otros líderes religiosos romanos o cristianos saben de lo que hablo, especialmente en estos días de renovados odios. Su vigencia como líderes depende del terror, que incluso alcanza para hacer que los demás masacren en su nombre; el peor lado de las religiones.
Los concursantes del “Pastor X” son más narcisistas que yo, me atrevo a decir. Empiezan siempre con la manida muletilla del “con todo respeto” para, dos palabras después, tratarme de “señor”, con lo cual mi disposición al diálogo ya requiere un par de aguardientes. Si lo señalo y se disculpan, continuamos; de lo contrario, pasan al limbo de mis afectos. Rara vez, sin embargo, el diálogo avanza mucho, pues la obsesión con mi identidad de género hace que el intercambio de ideas sea rápidamente insoportable. Que si su dios dijo tal o pascual, que si su médico dice tal o pascual, que si su sexualidad, aparentemente gozosa, les indica que yo debería hacer lo mismo que ellos y ellas, en fin. Desde niña siempre la del déficit fui yo, la que debería estar agradecida de que me pongan atención, me adoctrinen, me disciplinen por mi bien. Obvio, cuando les canto la tabla, se ofenden, cuando los ofensores fueron ellos y ellas: ¡qué grato sería conversar con otras personas cuando su objeto no fuese tratar de transformarte en ellas!
A quienes aspiran a ser mi redención les digo de una vez que pierden el tiempo. Y no es un reto, por favor, es una petición genuina. No me voy a vestir mejor, no voy a operarme las cosas que recomiendan, no voy a cambiar mi lenguaje ni mis ideas para, en el paroxismo de una revelación, hacer lo que hizo Pablo (el turco, no el fatídico paisa). Yo no he cobrado impuestos nunca, a nadie, no tengo esa culpa y creo que un principio de la acción democrática es la conversación respetuosa: “Comportémonos como adultos”, el lema que siempre me recomendaba un buen amigo para poner en la recepción de los sitios donde he tenido el privilegio de trabajar. A los predicadores que han hallado “la verdad” les sugiero, con todo respeto, volver a sus ejercicios de introspección, ojalá bien lejos, así me dejan vivir y trabajar en paz, mientras están listos para convivir en la diversidad.