Después de participar en decenas de eventos, leer otro tanto de columnas, conversar con expertos (de los de verdad y de los autodenominados) y cotejar mi ignorancia con las IA a mano, me voy por las hipótesis menos compasivas y, para el rango de acción que nos queda, tan inútiles como cualquiera. Porque todo parce indicar que la crisis del gas es un gran montaje para elevar los precios de manera inusitada y, con las prebendas de la política, buscar que el negocio cambie de mano. De algún lugar habrá que financiar las campañas del futuro. Una pena, porque necesitamos el gas, y lo tenemos, pero no lo podemos usar; Sirius tiene más de 200 consultas previas pendientes, a pesar de no estar en ningún territorio ancestral. Si nos va bien, para el 2032 ó 33 fritaremos platanitos con eso, pero dudo que el precio baje.
Inicialmente iba a comentar, una vez más, el tema del fracking, que se promocionó y adoptó en otros países para garantizar soberanía energética, al menos durante ese hipotético periodo de transición al que tampoco le metemos muchas ganas. Al fin y al cabo, su prohibición en Colombia ya no está vigente, la ley que lo hacía se cayó, nunca tuvo más fundamento que los prejuicios, pero el daño causado por el mal uso del principio de precaución quedó: parece que ya no hay nadie dispuesto a invertir en los proyectos piloto, mejor irse a perforar en Guyana, Argentina o Brasil. Grave si se contagia el petróleo, nos quedamos sin el pan y sin el queso, pero con el circo, porque el avance de las solares y eólicas va lento: no generan confiabilidad. Pero ya no diré nada más del fracturamiento hidráulico y el shale gas, mejor electrificar las estufas. Ah, no, tampoco hay líneas de transmisión, y la minería de cobre está en veremos, ya los opositores diseñaron en su mente proyectos ecocidas, los denunciaron y resisten, queriendo una que no miraran para otro lado ante la extracción ilegal, a la que le perdonan los impactos ambientales y sociales porque les parece que tal vez ahí “se paga la deuda del establecimiento con los más pobres”.
Las térmicas, del paleolítico, no pueden entrar a generar aún, requieren mantenimiento y que el precio de la energía suba para que compense. El diesel no se recomienda, es ineficiente y moverlo genera tanto carbono como quemarlo. Bueno, la huella del gas importado, licuado y deslicuado después de cruzar el océano es bastante superior, nanay de transición. La leña, en estufas eficientes, le da buen sabor a la comida y no se nota en las estadísticas de deforestación, de golpe sí en las de salud.
España aprendió que las energías renovables pueden ser gravadas o subsidiadas, según los amigos que uno tenga en el poder. Al final, el bien común importa poco, la lucha por el poder es la lucha por el control de los medios de producción, sin importar partidos, y para eso están las redes sociales para inventar datos y estadísticas. Porque no es la eficiencia real, la disponibilidad a mediano o largo plazo, su aporte a la sostenibilidad lo que importa. Pueda ser que las exigencias de la confiabilidad hagan que la antigua robustez institucional colombiana retome la senda del prudente gobierno integrado de la canasta energética, como reclama el exministro Tomás González. Pero si al final del año empieza el apagón, que por lo menos le deje un Niño para La Luciérnaga…