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Dice Paul Krugman en una reciente columna que crece un sentimiento de “know-nothinghism” que trato de traducir como “ignorantismo” ante una mejor ocurrencia (en inglés equivaldría más textualmente a una apología del conocimiento evitado), que según él está consolidándose como un efecto, muy masculino, de los aparentes triunfos de los grandes innovadores en tecnología… y política. “No se necesita nada para saber que el fracking es una catástrofe” me escribía un tuitero fervoroso, “los hipopótamos son hijos de la madre Tierra y por eso deben quedarse”, predicaba otra, “en mi familia no nos vacunamos contra el covid y acá estamos”, escribían con convencimiento de que la ciencia que se imaginan, porque no la conocen, es un complot persistente para retrasar la construcción de bienestar en el mundo o evitar el éxito de los emprendedores codiciosos. Que haya implosiones o explosiones no parece perturbarles mucho, daño colateral; oportunidades de mejora.
Krugman plantea que el negacionismo climático, la promoción de las criptomonedas y los movimientos antivacunas están amarrados con la misma pita: la arrogancia empresarial y los egos de los formuladores de política. El éxito temprano en las carreras de cualquier persona les hace creer que se las saben todas y pueden tenerse confianza. Ya los demás pueden ir por el carril lento si quieren, porque algunos ya tienen las respuestas. El profesor Wasserman, quien es un incansable defensor del método científico, y que sabe que no goza de mucha popularidad por su insistencia en la construcción lenta y disciplinada del conocimiento y reconoce lo difícil que es explicar las reglas de la construcción del mismo para que se reconozca su validez, reconoce que a los ciudadanos no les gusta saber que el 90 % de los experimentos que patrocinan con sus impuestos no produce los resultados que ellos esperan, sino más preguntas.
Los líderes de izquierda también apelan al ignorantismo, porque promueven la idea de que la ciencia hace parte del complot capitalista para controlar el mundo, y que se obliga al “pueblo” a transferir impuestos para luego privatizar conocimiento. Obvio, porque pocos invierten en educación científica, rollo de “cultivos subsaharianos”, mucho menos en el desarrollo en comunicación y apropiación del conocimiento y conviene a los populismos que esos recursos, ya bien escuálidos, se conviertan en “obras públicas”, porque así la fe del carbonero se convierte en costoso cemento y apoyo electoral, y los caciques de cualquier pelambre lo aprovechan. Lo que no estaba tan claro era que la noción de prosperidad predicada por algunas personas con cierto éxito financiero también fuese parte de la cruzada contra el conocimiento, o al menos, del conocimiento robusto que se requiere para afrontar problemas complejos. No se juega a la lotería con las inversiones en investigación, ni podemos depender de los nuevos héroes, a menudo autoproclamados con base en sus desarrollos tecnológicos, por atractivos que puedan ser.
Krugman nos incita a revisar los principios con los que una sociedad promueve la construcción de conocimiento para resolver sus problemas más acuciantes, no para enriquecer a unos cuantos. Un malabarismo en medio de los extremistas que creen que no es tan grave no saber, porque el sentido común de los grandes actores, de izquierda o derecha, puede simularlo. Y si como mujer trans estoy apegada a la idea de que en la vida todo es performativo, me obligo a hacer un ejercicio constante para que la visibilidad y las banderas de la diversidad no se piensen correlativas con la confianza ciega de algunos seguidores, amable y grata, pero potencialmente intoxicante: nadie tiene la razón por el hecho de ser famoso… o infame.
