4 Feb 2021 - 3:00 a. m.

Inventar humedales

Dice el profesor Gustavo Wilches, con mucha razón, que “el agua es una jodida”. Su experiencia en la reconstrucción de la cuenca del río Páez corroboró la prudencia con la que siempre habla de las riesgosas intervenciones que hacemos los humanos en los ecosistemas acuáticos, especialmente en la montaña, donde la frágil memoria unida con la irresponsabilidad y la corrupción tienen el potencial de crear los peores desastres: las inundaciones, nunca malas per se, se convierten en desgracias cuando dejamos de percibir los tiempos y formas del agua en el territorio y nos asentamos (o hacemos que otros se asienten), sin las debidas precauciones, en una zona que tarde o temprano acogerá el desborde del río. No olvidar que la generosidad pluvial también nos hizo recurrir a Bachué y a Noé, no había Fondo Adaptación.

El agua forja el territorio, diluye el paisaje por un lado y lo construye por el otro, tal es la fuerza torrencial o sedimentaria con la que opera y con la que la humanidad siempre ha buscado asociarse. Sabemos que, con un tenue cambio en su comportamiento, deshace playas y se las lleva adonde nunca hubo, erosiona montañas y las derriba para crear represas y lagos apacibles, horada el calcio para crear maravillosas cavernas. Muchas civilizaciones nacieron en una larga conversación chamánica con los deltas y las planicies donde el desborde aporta la fertilidad que el agua ha sonsacado al dominio de la roca. Hubo culturas anfibias por doquier, algunas se ahogaron: en ese proceso las sociedades construyeron diques y canales, armando paisajes completos por todo el planeta y dejando memoria para afrontar los riesgos del cambio.

En Bogotá, ciudad que fue lago, se debate hoy si el manejo del riesgo asociado a las inundaciones está suficientemente mitigado con las obras de ingeniería y las medidas de manejo puestas en marcha por diversas administraciones en pugna: según algunos, el lugar donde se había dispuesto construir el taller inicial del metro no es adecuado, zonas para expandir la ciudad construida tampoco y habría que revertir muchas decisiones, casual o providencialmente el día anterior al inicio de obra. La ciudadanía atónita ve enarbolar las banderas del riesgo donde naufragan las aspiraciones de continuidad, mientras los juzgados dirimen el estatuto de los derechos inmanentes del charco y el potrero.

Se pueden inventar humedales para bien o para mal, es lo que la historia reciente demuestra. Algunos, desde la norma, basados en buenas intenciones; otros, no tanto. Algunos, desde la ingeniería, basados en intereses legítimos; otros, no tanto. En buena hora se instaló la Misión de Humedales del Distrito Capital, que tratará de lidiar con el problema creciente de la sacralización de los humedales, inesperada en la Convención Ramsar, para la cual una represa o un arrozal tienen tanto derecho a existir como un gran pantanal. La experiencia y la ecología nos han enseñado a proteger o regenerar humedales por sus aportes al bienestar general e incluso a construirlos, pero no a ponernos de acuerdo para gobernarlos: la sociedad urbanizada que teme pero también invoca la inundación enfrenta el deseo con la posibilidad y venera sitios donde la lluvia se empoza, buscando convertir un charco en parque mediante una tutela, aunque también logra regenerar un ecosistema acuático donde había un relleno de basura: paradójicos, hacemos política del agua para tratar de fluir con ella en derecho. Al fin y al cabo, la gente también es una jodida.

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