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12 May 2022 - 5:30 a. m.

Jaguar neoliberal, jaguar proletario

Circula en las redes una foto de un joven jaguar muerto, sacrificado (nunca asesinado, no es gente) en inmediaciones del municipio de Mesetas, donde las selvas desaparecen rápidamente en medio de la más perversa de las alianzas: la que emparenta la producción ilegal de coca y vacas con la financiación de proyectos políticos en arenas totalmente opuestas, pero que concuerdan en una cosa: quien controla la tierra es quien se enriquece, mata y manda. La versión colombiana de las luchas medievales sigue bajo la forma convenida entre falsas izquierdas y derechas, tan coloniales como las de todos los imperios, que reemplazan bosques, aguas y gentes por versiones caricaturescas del colectivismo o la eficiencia corporativa.

Aparentemente, al jaguar le quedaría más fácil asociarse con los grandes propietarios, mafiosos, capos, comandantes o gobernantes corruptos, en tanto como patrones tienen mucha tierra y pueden “darse el lujo” de protegerlos o domesticarlos, pues al igual que para algunos animalismos, la ciencia no importa, solo las apariencias. En contraste, cuando algunos empresarios invierten en conservación, en obediencia de ley, perspectiva reputacional o, cada vez más, con compromiso genuino de sostenibilidad, se le trata de despojadores, pues el dogma no acepta la posibilidad de un emprendimiento ecológicamente viable y justo. Ante estas narrativas contra ciertas formas de conservación privada o estatal liberal, habría que aclarar que en el mundo de hoy hasta los fondos de pensiones o de empleados, los accionistas anónimos, las empresas de servicios públicos y las agremiaciones invierten en sostenibilidad no como una decisión aristocrática, sino de responsabilidad compartida. Los jaguares hacen parte de las contradicciones sociales porque habitan, sin juzgarlo, el mundo humano, no porque voten en las elecciones. Y la conservación, que necesita gente, no siempre es factible en la convivialidad: se requieren arreglos sociales para el ordenamiento a gran escala del territorio.

Si son las comunidades rurales las que, poco a poco y en medio de la cotidiana obligación del necesitado o gracias a su experiencia, se asocian con el oso, el jaguar o el caimán, y los convierten en hermanos de lucha, con subsidios o sin ellos: ¡magnífico! Está pasando en muchas partes. Sin embargo, en sistemas productivos importados hace 500 años, la naturalidad del fara, la comadreja, el gavilán y la chucha sigue cuestionada, pues a la sombra de los grandes depredadores los bichos proletarios van tras las gallinas, poniendo en problemas de triaje al animalismo e indignando a una ruralidad mestiza atrapada por el cóctel de agrotóxicos y especies introducidas.

Al final del día, la conservación es el resultado empírico de la (in)capacidad de las sociedades y sus múltiples actores para llegar a acuerdos sobre la forma de constituirse como ecosistema, donde ni la apropiación corporativa ni la distribución equitativa de la propiedad producen resultados obvios: los ecosistemas tienen su propia economía, aunque haya hermeneutas y profetas de cada lado. El jaguar cruza por campos ideológicos con la misma dificultad con que lo hace por el territorio, porque también es víctima, como los bosques y los ríos, de las luchas entre las gentes. Entretanto los chivos, las vacas, los cerdos y las gallinas contemporáneas debaten orwellianamente sobre sus emisiones de CO2, que ya son su peor depredador.

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