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Pensar los ecosistemas como entidades natural o espontáneamente dialógicas implica llevar la teoría habermasiana más allá de su antropocentrismo original y abrirla hacia una ecología conversacional, donde los sistemas vivos no son meros objetos de gestión, sino interlocutores simbólicos y materiales. Esto, palabras más, palabras menos, es lo que dice mi IA cuando la invito a ayudarme a entender el rol de otras entidades en los intercambios de información constitutivos de las dinámicas ecológicas, que no son para nada ese documental de plantas y animales silvestres simulando un equilibrio paradisiaco para nuestro contento. En los ecosistemas hay toda clase de entidades participando, desde piedras hasta ordenadores, inorgánicas, pasando por los ríos, los árboles y las niñas que juegan fútbol en la calle o en su celular con las mismas camisetas rosadas, medio orgánicos, medio cibernéticos. Todos ellos ejerciendo su política, sus acuerdos.
El tema crítico con la definición de los niveles de interlocución de cada uno de los actores de esos sistemas depende de un movimiento evolutivo que combina relaciones antagónicas, neutrales o sinérgicas en todas las escalas. En esta interpretación hay ciclos, formas de resiliencia (resistencia al cambio o capacidad de recuperación después de un disturbio) o colapso, donde la memoria se mantiene de mil maneras, pero los únicos que pueden asumir responsabilidades somos los seres humanos. Con buena voluntad, tratamos de hablar por el jaguar o las ranas, darle voz a los ríos y las montañas en los estrados, cantar como decimos que las selvas cantan, pero este movimiento siempre dependerá de nuestra propia capacidad de interpretación de los flujos de información que, como el diluvio de algoritmos en la película Matrix, nos empapa, nos nutre o nos ahoga.
Los lenguajes ecológicos incluyen todas las señales de la biodiversidad, el zumbido de las chicharras o su ausencia, el oleaje, la floración de los cañaguates, la subienda de pescado. En cada caso, hay gente para darle un sentido y aparece más de uno, porque somos multitud, nunca masa, ese ejercicio de desindividualización radical que conviene a los tiranos. Por eso la acción comunicativa ampliada implica escuchar los signos vitales del territorio, pero también evitar traducciones tendenciosas: los loritos no cantan contra los proyectos mineros, las redes de micelio no se oponen a una carretera, las ranas no dan poder a unos abogados para detener un proyecto forestal. Al final, solo existe el espacio deliberativo humano, en el mambeadero, en la Junta de Acción Comunal, el aula, la Asamblea departamental, el culto religioso. Allá, las prácticas rituales pueden ser todo lo complejas que queramos, pero nunca pueden sustituir la materialidad autónoma de lo demás, inexpugnable si se quiere, indescifrable, pero que no construye símbolos ni organiza bailes, demoniacos como los que presenció el Fausto, espléndidos como los vio en parrando el Cholo Valderrama. Los ecosistemas son espacios de comunicación en sí mismos, y podemos aprender a escuchar y traducir las voces no humanas, construir cierta ética discursiva multiespecies. Pero también ese ejercicio narrativo es una invención cultural donde somos nosotros los que asumimos todas las responsabilidades.
