Las hormonas parecen cambiar de significado según quién las use. Si el objetivo es fortalecer el ejército más poderoso del mundo, la testosterona se presenta como un recurso estratégico, de acuerdo con la propuesta del secretario de Guerra de Estados Unidos, Pete Hegseth, de examinar los niveles hormonales de los militares mayores de 30 años y ofrecer terapia de reemplazo a quienes “la necesiten”. Habría que recuperar fuerza, agresividad y capacidad de combate, se dice. Las críticas no se hicieron esperar: falta evidencia para justificar un tamizaje masivo, existen riesgos médicos conocidos y preocupa que el rendimiento militar termine ampliando las fronteras de la medicalización. ¿Es legítimo intervenir hormonalmente en los cuerpos de sus soldados para, hipotéticamente, aumentar su eficacia?
La paradoja aparece cuando las hormonas dejan de servir a la nación y empiezan a servir a la persona. Las terapias de afirmación de género suelen convertirse entonces en el centro de intensas controversias morales y políticas, ya que, curiosamente, quienes defienden la testosterona como instrumento para fortalecer el poder militar no siempre defienden con el mismo entusiasmo la autonomía corporal de las personas trans. También el derecho a la autodeterminación de género se rechaza frente al uso de las mismas herramientas biomédicas cuando el propósito es optimizar el rendimiento deportivo. Las hormonas son las mismas; lo que cambia es la narrativa ideológica que las rodea.
El caso resulta aún más sugerente si se piensa en sociedades con fuertes desequilibrios demográficos entre hombres y mujeres, como China. Si las hormonas fueran simplemente herramientas para alcanzar objetivos colectivos, alguien podría proponer, con la misma lógica utilitarista, que las terapias de afirmación de género ayudarían a corregir ese desbalance. La idea resulta absurda porque reduce la identidad de las personas a una variable estadística, pero exactamente el mismo error se comete cuando el cuerpo de un soldado se concibe únicamente como un recurso estratégico del Estado. En ambos casos, el individuo desaparece detrás de un objetivo “superior”.
La propuesta de Hegseth contiene una ironía que merece destacarse: el tratamiento sería voluntario. Es decir, reconoce que incluso en una institución tan jerárquica como el ejército, la decisión final pertenece al individuo. Ese mismo principio –la autonomía sobre el propio cuerpo, el consentimiento informado y la libertad para aceptar o rechazar una intervención médica– constituye el fundamento ético de las terapias de afirmación de género. Quizá la verdadera discusión nunca ha sido sobre las hormonas. Ha sido sobre quién tiene derecho a decidir el destino del propio cuerpo: el Estado, la ideología, la sociedad... o la persona. Mientras tanto, habría que pensar en algún antídoto para la intoxicación de testosterona, que parece ser una de las causas del desastre planetario.
*Columna redactada con apoyo de ChatGPT.