Dice Wikipedia: “La mujer… o fémina… es el ser humano de sexo femenino (que) tiene diferencias biológicas con el varón, como la cintura más estrecha, cadera más ancha y pelvis más amplia, diferente distribución y cantidad de vello, tejido adiposo y musculatura. Sus genitales son diferentes y sus mamas… están desarrolladas”. Por fortuna, “mujer también remite a diferencias de carácter cultural y social que se le atribuyen por género”.
Además de tautológica y anatómica, que no biológica, esta definición es un recurso de muches para plantear un empobrecido estatuto animal con el cual narrar la presencia historizada de la mujer en el mundo y, de paso, justificar toda suerte de barbaridades. En contraposición, “hombre” sería la denominación de toda la especie, que deriva su condición de la invención del fuego, y “varón… (es) el ser humano de sexo masculino (que) deriva del latín varo («valiente», «esforzado»), muy probablemente relacionada con vir («varón», «héroe») bajo la influencia del germánico baro («hombre libre»)”. Hágame el favor.
Miles de años de elaboración cultural siguen resumiendo la ecuación del género animalmente, ni siquiera dignándose a mirar la ecología o la construcción de la diversidad sexual en eso que llaman, para autojustificarse, “la naturaleza”. La colombiana Eliana Rubashkyn sabe, con dolor, cuáles son los efectos del uso de esas definiciones bestiales: ha sufrido la asignación medicalizada de su identidad, una situación común en casi todos los países, donde las personas intersexuales siguen siendo patologizadas y violentadas. Exiliada en Nueva Zelanda, lidera una lucha que no puede llevar a cabo en Colombia, donde, a pesar de los avances normativos, no existe.
La concepción de lo femenino ha cambiado sustancialmente en las últimas décadas gracias al activismo de las mujeres y otras personas sensibles. Los feminismos han construido una versión de lo mujer fundamentada en el derecho y la liberación de los roles, una revolución biopolítica que ratifican orgullosos Danna y Esteban, ambos transgénero, y su hijo Ariel. En contraste, reaparecen vertientes que reclaman de nuevo las gónadas como fuente de acceso a los derechos, como lleva meses haciéndolo el PSOE en España, renuente a pasar la Ley de Género bajo la premisa de que va en contra de las luchas de la mujer trabajadora, ella sí genuina y no postiza como las que defendemos la condición de lo femenino como sinónimo de libertad: justo cuando creíamos en construirnos en clave de mujer como respuesta al machismo universalizado, emerge una ola de resistencias a la reinterpretación necesaria de los sistemas binarios de pensamiento y se construyen de nuevo muros y barreras entre las personas, como si la pluralidad LGBTTIIIETC+ fuese una amenaza para la continuidad de los esfuerzos de la lucha por la equidad, de la cual surgimos.
El feminismo indispensable y radical que seguimos necesitando proviene de la historia de las mujeres y su exposición a la violencia, sea ejercida en la fábrica, en la casa, la calle o en los medios de comunicación y todes debemos rechazarla. Sin embargo, el esencialismo nos condena a la paradoja, la pureza nos hace enloquecer: si bien la construcción pública de las identidades de género no puede ser una excusa para invisibilizar a las mujeres, retornar a la anatomía no parece ser el camino más adecuado para construir libertad.
Coda. Apoyo total a Jineth Bedoya, penoso el retiro de Colombia en la Corte Interamericana de Derechos Humanos.