Estamos acostumbrados a los SOS por la Amazonia, algunas veces por otros bosques húmedos, incluidos los de montaña, porque los relacionamos directamente con su función de regulación hidrológica. También escuchamos algo de los bosques secos del Caribe, en crisis, o los húmedos de la región Andina; incluso llamados por los manglares y los páramos, pero es raro saber algo de los bosques secos de montaña, más raros y más amenazados por lo mismo. Bosques arrasados por el fuego, la agricultura que ve en ellos “chamizales” o “rastrojeras”, las cabras que pastan libres acabando con todo; la gente que los desprecia porque se ven mustios una gran parte del año, cuando esa es su estrategia adaptativa al déficit de lluvias.
Pero en Kaukitá y Alejandría (Cerrito, Risaralda) hay dos iniciativas maravillosas de conservación de bosques secos de montaña, a cargo de mujeres que han liderado un trabajo que sigue siendo invisible, pero no por ello menos importante: toda la biodiversidad de Colombia debe ser protegida y recuperada, y más en los casos en los que las actividades humanas los han llevado al borde de la extinción. Los pequeños productores rurales a menudo sacrifican metros cuadrados, que normalmente serían vitales para otras actividades productivas, pero han entendido que los servicios ecosistémicos también hacen parte fundamental de la economía y de la subsistencia: bosques de polinizadores, reservorios de microorganismos del suelo, material genético clave para la adaptación, alegría y consuelo en las horas duras.
Al final, si uno revisa las relaciones de todas las personas con la biodiversidad, en áreas silvestres, agrícolas e incluso urbanas, puede darse cuenta de que no existe esa frontera invisible que separa “naturaleza” de lo que no es, de ahí que Risaralda lidere hace años un movimiento muy relevante que reconoce que todo espacio es valioso para la conservación y el buen funcionamiento de un territorio: los llamados “Bosques modelo”, que han crecido con el apoyo de personas e instituciones públicas y empresas privadas. Los Bosques Modelo existen en todas partes del mundo, hay más de 60 en 32 países, un movimiento confederado para hacer de ellos una alternativa de gestión forestal que no está basada en árboles abstractos habitando paisajes imaginarios en escalas absurdas, como le gusta a la gente que cree que los ecosistemas se delimitan y gestionan milímetro a milímetro para salvaguardar su integridad y tranquilizar su condición bienpensante.
Las transiciones hacia un eventual modelo bioeconómico nos obligan a entender el bosque seco o húmedo, o como queramos designarlo, como otro espacio vital para las comunidades, las instituciones gubernamentales y las empresas, cuya ecología puede y debe ser juzgada lejos del esencialismo y los estereotipos con los que a veces pensamos “el verde”. La Universidad Tecnológica de Pereira lo ha entendido siempre, liderando una agenda que promueve la biotecnología basada en la biodiversidad nativa y que ya ha dado numerosos frutos. Ojalá la ciudad de Pereira, sus empresas públicas, la Corporación Autónoma Regional de Risaralda (Carder) y otras instancias, siempre tan cuidadosas con la captación del agua y el buen manejo de la cuenca del río Otún, no dejen de mirar hacia otros lados del departamento, porque también hay ríos voladores circulando sobre los bosques secos.