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La altillanura colombiana ha venido experimentando una transformación que lleva cocinándose décadas, con efectos sociales y ecológicos muy interesantes. Gran parte de estas transformaciones se deben al incremento de la fertilidad de los suelos en el Meta y el Vichada, resultado de la combinación de sistemas de encalado, la acumulación de biomasa derivada de cultivar maíz y soya sin cosechar, y el aprovechamiento estratégico de otras tecnologías, junto con la lluvia y el sol, abundantes. Como resultado, se ha logrado llevar una parte de las sabanas oligotróficas (extremadamente pobres en nutrientes y tóxicas por aluminio) a un nivel de rendimiento suficiente como para instalar gigantescas granjas de cerdos, lo que, además de proveer carne para el mercado nacional, genera miles de metros cúbicos de heces, que ya reemplazan buena parte de la electricidad que requiere el mismo sistema y refuerzan la fertilidad del suelo, enterrando carbono sin tanta promesa de geoingeniería, en un ciclo virtuoso de economía verde, cada vez más sostenible. La economía de Puerto Gaitán pasa del boom petrolero al porcícola.
Para quienes recordamos con emoción adolescente las escenas de un Max (Mel Gibson) vengativo, rodando por carreteras posapocalípticas en una Australia donde la guerra se prolongaba en la lucha por combustibles entre pandillas rurales, las escenas de montañas de estiércol siendo paleadas en un biodigestor por esclavos que compartían dieta y espacio con los marranos eran deliciosamente espeluznantes, lo mismo que la explosión final. No imaginábamos entonces que el fin del petróleo nos enfrentaría a la necesidad de construir sistemas ecológicos alternativos basados en biomasa, aunque por supuesto, y de manera afortunada, muy lejos de los imaginarios épicos de la saga que creasen George Miller y Byron Kennedy en 1979 y que ya planea su quinta versión para 2025.
En contraste, los habitantes de la cuenca del río Wye, en Gales, donde se celebra hace 34 años uno de los festivales culturales más importantes del mundo, han visto cómo la calidad del agua ha vuelto a deteriorarse como resultado de la construcción de decenas de galpones para producir pollos, alimento bueno y necesario, pero extremadamente contaminante si no se toman las precauciones adecuadas para manejar la gallinaza, lo que parece estar sucediendo, pese a toda la capacidad institucional del Reino Unido. En síntesis, denuncian los queridos anfitriones de la región que su valle se está volviendo mierda, literalmente.
Manejar la energía de un sistema viviente es la clave de la sostenibilidad, motivo por el cual tal vez sea más sano pensar en un ministerio robusto de transiciones energéticas y sostenibilidad y no en uno de cultura y ambiente: combinando miserias presupuestales no se llega a nada, mejor dejar la hipocresía si no se va a invertir de manera seria en dos de los campos estratégicos que pueden definir el futuro de los colombianos. Para no llorar por la ciencia y la tecnología, o tener que salir colgadas de un carrotanque a cazar agua por los desiertos como seguramente hará Ana Taylor-Joy, potencial reemplazo de la gloriosa Charlize Theron. Visto así, claro, no parece tan grave…
