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4 Mar 2021 - 3:00 a. m.

Nuevos nómades

La conciencia creciente de la crisis ecológica planetaria nos ha puesto en una situación muy compleja. Ante la posibilidad de, según algunos, enfrentar el colapso de la humanidad durante este o el próximo siglo (en el peor de los escenarios del IPCC, el RCP 8,5, la temperatura sube 4° C para 2100 y el mar asciende 1 m), la mayoría de las personas quedamos atónitas. Ni siquiera es un tema del que queramos hablar, pues la inminencia y gravedad de esta eventualidad es tan contundente que no deja espacio para nada. Las buenas noticias indican sin embargo que la probabilidad estimada de esta forma de apocalipsis es baja (alrededor de un 17 %) y que la lenta pero segura salida de la COVID-19 habrá de dejarnos muchas lecciones positivas para lidiar con fenómenos globales amenazantes.

Cooperación y competencia, en distintas dosis, han sido las fuerzas que moldean las respuestas adaptativas de las sociedades a las tensiones ambientales. Estamos entrando en una fase donde evidentemente la primera será la más importante, pues para el caos climático no hay cuarentenas ni aislamientos donde algunos ganen por encima de otros: la principal respuesta de la gente ante las olas de calor y los desastres naturales serán las migraciones, temporales y permanentes, calculadas entre 200 y 1.000 millones de desplazados climáticos para 2050 según la OIM, porque “ha habido un esfuerzo colectivo muy exitoso para ignorar la escala del problema”.

En ese mundo nómade que se avecina, proveniente del colapso temporal de la capacidad de carga de los ecosistemas, las tensiones materiales y simbólicas de grandes números de personas moviéndose desde las zonas de crisis a las menos afectadas generarán conflictos y, con ello, el posible endurecimiento de las líneas de frontera, legales, visibles o no. Los millennials ya expresan formas de desapego territorial interesantes, que nos indican cómo se puede aprender del mundo nómade a partir de todas estas circunstancias, una clave para diseñar una civilización acogedora en pleno sentido de la palabra: nadie sabe cuándo ni para dónde le va a tocar coger. Así las cosas, la noción de santuario y protección al refugiado implicará todos los territorios, con la paradoja de que quienes logren mejores niveles de atención serán literalmente abrumados por los requerimientos de los que no, afectando severamente sus propias capacidades. Puerto Carreño tiene hoy un cinturón de miseria con asentamientos recientes en zonas de riesgo o de alto valor ecológico (cerro de La Bandera y Bocas del río Bita), resultado de la mezcla de populismo y necesidad que se usa para fingir solidaridad, creando los problemas del futuro y también su clientela, el lado oscuro de las mafias que trafican con gente.

Es urgente e indispensable pensar en una estrategia formal para evitar que la atención del desplazado climático siga en manos de las ilegalidades. Debemos, por el contrario, hacer de las migraciones una oportunidad legítima para flexibilizar el poblamiento, el trabajo, la educación y todas las formas de producción. Sin duda un reto socioecológico tremendo, en el cual, paradójicamente, ninguna isla servirá: ni la nostalgia por el terruño, ni ensalzar las condiciones de lo local, pues el clima también nos obligó a actuar globalmente.

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