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Regresar al Cocuy

Brigitte LG Baptiste

06 de enero de 2022 - 12:06 a. m.

Volví a las estribaciones de la Sierra Nevada de Chiscas, Güicán, El Cocuy y Chita, 30 años después de haber trabajado en ellas largamente en temas de desarrollo forestal participativo con un gran equipo de profesionales de la U. Javeriana y líderes campesinos. Eran los tiempos del PAFC (Plan de Acción Forestal para Colombia), y entre Colciencias, el DNP y la cooperación internacional (Plan Mundial de Alimentos de la FAO) recorrimos decenas de veredas en la provincia de Norte y Gutiérrez en una conversación crítica acerca del futuro de paisajes rurales espléndidos, pero progresivamente afectados por la escasez de agua, en su mayoría proveniente de las cumbres nevadas que mi colega y también columnista Juan Pablo Ruiz conoce de memoria. Sin un ápice de su capacidad deportiva, llegué jadeando al borde del glacial del Ritacuba… treinta años tarde: donde debería estar su pared brillante de hielo, solo queda un lecho de rocas y el desagüe que llena el río Playitas.

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Los paisajes campesinos del norte de Boyacá son proverbialmente hermosos, productivos y hoy en día, tras otra fase de espantosa violencia entre 1996 y 2004, pacíficos. Con las mismas carreteras terciarias destruidas, pero con baños completos en las tiendas donde antes solo hubo orinales con cortina. Con nuevas actividades ecoturísticas para superar la crisis de la pandemia, pero con grandes restricciones para acceder al Parque Nacional, derivadas de una mezcla de limitaciones administrativas, debates con el pueblo u’wa y conflictos de uso de la tierra evidentes en los páramos circundantes, donde la ganadería se mantiene pese a su paupérrima rentabilidad.

La biodiversidad se ha beneficiado de ciertos manejos del ecosistema promovidos por Corpoboyacá y la Iglesia luterana, por ejemplo, aunque aún con incidencia limitada en la gestión de un paisaje que, como casi todos los territorios campesinos, parece más verde de lo que es: la destrucción de la asistencia técnica agroambiental pública y la desaparición del programa DRI (Desarrollo Rural Integral) significó un desastre para Colombia, y de no ser por instituciones locales como los acueductos veredales y las juntas de acción comunal, no habría ningún camino para el manejo concertado y colectivo del paisaje. Pero la sequía avanza y pese a que aparentemente la “masa forestal” se mantiene (son notorias las cercas vivas de alisos, por ejemplo, y han retornado los venados y cóndores a los linderos del parque), la mayoría de cursos de agua y sistemas de irrigación locales siguen expuestos a la contaminación directa por las heces del ganado, las cabras siguen devastando la vegetación silvestre y el uso de agrotóxicos se mantiene en unos sistemas productivos sin mayor innovación, donde aún faltan millones de árboles nativos protectores. Hoy la Virgen Morena de la Sierra se yergue renovada en La Cueva de Güicán y los animales del páramo son gigantescas esculturas en la plaza de esa población, pero no es claro que los esfuerzos simbólicos vengan con suficiente apoyo material para restituir la funcionalidad de un territorio que aún no parece afrontar la emergencia climática.

Ojalá que, aún sin nieve, la región de la Sierra siga proveyendo comida abundante y deliciosa a los visitantes (¡que viva el pastel de papa!), retadoras caminatas y ciclorrutas de montaña por doquier, aire puro y sonrisas de gente acogedora, los ingredientes básicos para transitar al planeta B. ¡Feliz año!

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