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16 Sep 2021 - 5:30 a. m.

Ruralidad ecuatorial

Desde las tierras y aguas nativas del profesor Thomas van der Hammen, el final del verano templado se ve como un divino mosaico de jardines urbanos. La ruralidad holandesa, densa, de las más densas del mundo, sigue verde, pero se ven los gansos y los cuervos escarbando en los campos recientemente cosechados. Grandes sembradíos de paneles solares y molinos de viento generan electricidad, mientras los tradicionales, insignia del paisaje, generan turismo. Desde el aire, el país se ve como un laberinto de canales de agua que hacen evocar el manejo del territorio muisca o zenú en los siglos previos a la ocupación española, desecadora y mediterránea. Las pestes y la guerra acabarían con la visión anfibia.

En contraste con lo anterior, Holanda usó el pantano a su favor y comprendió que los ecosistemas se construyen, material y simbólicamente: no son un hecho dado, como la biología nos ha querido hacer creer. Porque los ecosistemas se construyen en una conversación entre lo humano y lo no humano, práctica y artística a la vez: si olvidamos el poder del lenguaje y las emociones para mantener una versión abierta e incierta del territorio, a cualquier escala que lo pensemos (desde las tripas hasta el sistema solar), la materialidad plana y cartesiana nos lleva al límite del sentido, se vuelve autoritaria y nos extingue. Pero también, si desdeñamos esa materialidad, la cola acaba meneando al perro y morimos en el ensueño de la utopía, como decía otro gran sabio cuando se refería al marxismo populista.

El Amazonas es una gran selva construida por la imaginación y la palabra de los pueblos indígenas que la habitan, pero también por sus prácticas cotidianas, la agricultura migratoria, la cacería y la pesca, todo lo cual se entreteje en los canastos y los techos de las malocas para contar la historia propia. Nada distinto a lo que hace el pueblo holandés, no menos indígena y hoy en día comprometido con los derechos humanos, el respeto a la diversidad y la democracia, la apuesta por una cultura global polifacética, basada en principios occidentales, es cierto, pero amplia y mucho más abierta que la mayoría. Gestadora de prácticas innovadoras, cada vez con mayor conciencia ambiental, Holanda nos recuerda que la vida rural hay que promoverla con seriedad y no como hacemos los colombianos en nuestras normas y procesos de ordenamiento, que ignoran la potencia de ese 90 % del territorio que requiere vías y transporte de calidad, bienes públicos equivalentes o mejores que los urbanos, justicia, educación y salud, respetando la multiculturalidad.

Confundir deliberadamente la ruralidad con áreas protegidas es un gran error, porque se desvirtúa el manejo diferenciado de la conservación de la biodiversidad silvestre con el del desarrollo rural sostenible, ambas cosas indispensables para una sociedad que aún no sabe (y no quiere) vivir en y del monte. Que inventa idilios verdes para oponerse a una minería que no conoce y de la cual depende, o que idolatra culturas campesinas (empobrecidas por su propia indiferencia) que es incapaz de experimentar. Una ruralidad sana debe ser el resultado de un ejercicio deliberado de diseño, no del abandono. Así interpreto el legado del profesor Van der Hammen a la vista del campo neerlandés desde la ventanilla de un avión, que luego se transformó en tren y al final en bicicleta. Met dank.

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