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26 Nov 2020 - 3:00 a. m.

Sostenibilidad isleña

En la lotería climática, ganarse un huracán no es precisamente un premio. Pero, como en todos los casos de destrucción masiva, sus efectos proveen la oportunidad de aprender y rehacer las cosas de manera diferente: ese es el significado de la palabra adaptación. Para el archipiélago colombiano, un momento coyuntural de su historia; para el resto del país, una potencial lección de ecología que nos ayuda a discutir los parámetros básicos de la sostenibilidad. El primero, que ninguna isla es sostenible y la conectividad sistémica es lo que define los umbrales funcionales y las posibilidades de transformación de cualquier territorio.

Si fuese por la biocapacidad de las islas, estudiada en Filipinas o Indonesia, dos grandes Estados archipelágicos del mundo, entenderíamos que no solo el tamaño importa (por eso Australia no es considerada isla sino continente), también las condiciones y premisas de manejo de la oferta ambiental. Cuba reacciona al bloqueo con una estrategia agroecológica y biotecnológica ejemplar, pero no le alcanza: aún requiere petróleo, comercio y turismo decente. Igual Japón, lleno de tifones y terremotos, aunque con un océano más generoso. Otras islas compran tierra y mueven miles. La noción de capacidad de carga es por ello una de las más debatidas en ecología y de las menos útiles si no se considera la cultura y sus intercambios como el mecanismo mediador por excelencia de la adaptación: cuánta gente “cabe” en un territorio o, en su defecto, en el mundo, nuestra isla cósmica, depende del “cómo”: basta mirar esa maravilla de convivencia que es el Islote, en Morrosquillo. Ni el genocidio, ni expulsar población o construir muros, los trucos más antiguos de los dictadores, valen.

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