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Tiembla y salen los espíritus

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Brigitte LG Baptiste
13 de agosto de 2026 - 05:05 a. m.
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A Hannah Arendt, cerca de su 120 aniversario.

Cada vez que hay un evento telúrico (del latín telluricus, relativo a la Tierra, al planeta) compilamos en un segundo la historia de nuestros miedos ancestrales y pedimos ayuda. Así de simple, ayuda. Porque nos damos cuenta de que estamos indefensos ante los eventos que ocurren a escalas cósmicas y que, aunque querríamos entender, nos cuesta aceptar. Una cosa es que nos cuenten que hay “placas tectónicas” que representan la costrica sabrosa del brownie que descansa sobre la masita melcochuda del chocolate caliente y que, con la analogía pastelera, vendría a ser el “manto”, o la “astenosfera” (bola blandita, en griego) de este planeta, uno entre miles de millones y que es miles de millones de veces más grande que una persona, y otra cosa que lo aceptemos como parte de nuestra experiencia cotidiana. ¡Que lo parió! diría el perro Mendieta.

Tiembla y clamamos a dios@s, a sant@s, iluminad@s, a los espíritus sin género, incluyendo lo que invocan quienes creen en las ánimas (el aliento, también del latín) que dicen que habitan las montañas o los ríos. Todo bien, conversar con lo desconocido implica darle un rostro, una cualidad. Agencia, como diría el ecólogo estadounidense Aldo Leopold, quien introdujo en su libro A Sand County Almanac (1949) la famosa idea de “pensar como una montaña”.

Pero del “pensar cómo” a “pensar en nombre de”, hay una inmensidad, una cordillera entera, un océano de diferencia, y amerita el énfasis porque ahí es donde medran los adivinadores, las pitonisas, los agüereros, en fin, los mil y un autodefinidos intérpretes del funcionamiento de las cosas que no entendemos, y quienes, si son justos y sinceros, tienen el bonito papel de consolarnos ante la incertidumbre. Y si no, cobrarnos por ello, claro, pero es un servicio que bien vale la pena un poco más. La secta de los estafadores no para de crecer. Dicen que la ciencia occidental entra también en esa categoría, lo cual me genera una profunda incomodidad (me acostumbraron, como en las iglesias, a hablar con la verdad), pero no puedo dejar de estar un poco de acuerdo, como Bruno Latour, cuando define la cualidad de “actante” para la montaña, es decir, le reconoce la capacidad autónoma de incidir sobre lo humano, pero nunca contradiciendo las aburridas geociencias, que se niegan a creer que la montaña tiembla de manera voluntaria.

La soledad humana nos conduce al delirio y a llenar la noche de misterios que pueden ser tan seductores como terribles; al fin y al cabo, resultado de nuestra inventiva. Un gesto artístico que, si nos inspira a ser mejores personas, nos llena de gratitud sin quedar en deuda con nadie (es, textualmente, gratis). Pero si nos mueve a encadenar a otros, a pretender gobernarlos con una autoridad que no nos corresponde, nos entristece, nos destruye: las buenas intenciones de los demás tienden a convertirse en terribles amenazas, sobre todo cuando hay relaciones de poder involucradas. Doy volteretas para decir, con todo respeto, que tal vez se pueda pensar como un terremoto, nada lo impide, pero pensar “en su nombre” para actuar sobre la Tierra con su particular manera de hacer justicia, es otra cosa. Ni con la espada de Bolívar ni con la de San Miguel.

¡Que los temblores y los cometas no nos atropellen en su errancia, sobre la cual nada podemos, salvo admirar!

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