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Tigres y jaguares

Brigitte LG Baptiste

29 de enero de 2026 - 12:05 a. m.

En la reciente posesión del ministro de Equidad, el líder indígena nasa Alfredo Acosta lució uno de los imponentes collares de chaquiras que identifica a la gente de poder, el cual indudablemente posee alguien que ha forjado una larga carrera dentro de la Onic y al mando de la guardia indígena. El collar tiene un detalle que siempre me ha intrigado en otras representaciones de la fauna como símbolo institucional, pues la imagen central es la cabeza de un tigre de la India, de Bengala. El mismo de Sandokán, quien como príncipe de Malasia luchó denodadamente contra el colonialismo inglés en las novelas de Emilio Salgari.

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La cabeza de un tigre rugiendo siempre será impresionante, por supuesto, tenga rayas o manchas, pero no deja de ser curioso que el escudo del departamento del Vichada comparta ese mismo tigre de los sundarbands del Golfo de Bengala (allá una especie tan temida como amenazada) con el del reconocido equipo de fútbol colombiano, que no sé si se haya enfrentado con el de Oaxaca, ese sí con “pinta menuda”, ni con qué resultados. Más complejo ver las cabezas de tigre que salen por estos días a bailar en el carnaval de Barranquilla, porque cuando pregunté por su origen quedé como una bestia racista que no era capaz de reconocer el poder mestizado de las fieras africanas, me dijeron, imagen de “resistencia cultural”. Como le pasaba a Condorito, él sí tan andino como el que más, ¡plop!

Entiende una que los leones de Numidia (extintos) llegaran al circo romano y se convirtieran luego en símbolos de la realeza europea, a veces mezclados en las estatuas con la efigie de mastines o lobos, en la medida que la distancia del poder político los emparentaba y transformaba en el voz a voz, como pasó con la mayoría de animales fantásticos que hoy pueblan la iconografía de la humanidad. Pero algo hay de un gato a otro, y los jaguares, los propios, están aún a la vista para quien desee conocerles, deambulando magníficos y protegidos en la Reserva La Aurora del Casanare. También hay una estatua en Amalfi… Los felinos ecuatoriales con frecuencia eran negros (panteras, les decimos), y constituían el núcleo de la cosmovisión chamánica perseguida por los misioneros por su supuesto vínculo con el diablo, en realidad la naturaleza, la selva, que sigue en el limbo del imaginario colectivo colombiano.

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No tenemos idea del territorio que ocupamos. Al fin y al cabo, no hemos sido capaces de controlar los hipopótamos invasores, ni parece importarnos mucho el efecto ecológico de otras especies importadas, mucho más grave que la distorsión simbólica de un bicho majestuoso (ay, otra vez invoqué la realeza colonial, perdón), que tal vez proviene recientemente del espectáculo itinerante de Raúl Gasca, el último de su especie. Manejaba tigres bancos que paradójicamente acabaron tras las rejas en zoológicos locales, tal vez por falta de un abogado como el candidato tigrudo de nuestro ramillete electoral, que no es precisamente Falcao, demandado hace más de una década por el delantero Jairo Castillo por “haber usurpado su apelativo”. Historias de tigres y legitimidades, como si en la selva no hubiese más de uno, dirían en Televisa o en la selección peruana de fútbol. Pero todos ellos, machos rayados.

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En ese tema, prefiero las manchas, como las de la tigresa de la canción ranchera, como llamaban a Irma Serrano en México, o la inigualable Tigresa de Oriente, con mayúsculas, quien a sus 80 recién cumplidos es la única que conozco capaz de cantar y bailar cumbia con uñas de seis centímetros y sin pisarse la cola.

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