Después de leer el sexto informe del IPCC, combinarlo con el documento precedente de biodiversidad y clima global de la IPBES/IPCC, el primer informe del estado y las tendencias de la biodiversidad colombiana coordinado por el Instituto Humboldt y otras docenas de documentos que recurrentemente vienen advirtiendo del declive del funcionamiento ecológico del planeta, la certeza que emerge es que debemos invertir todos nuestros recursos, esfuerzos y capacidades en la búsqueda de una respuesta robusta a una crisis verificada (no hipotética como la nuclear), que representa el eventual colapso de la humanidad.
Ante los riesgos identificados, no hay alternativa, llegar al siglo XXII implicará darlo todo: los ahorros financieros y no financieros hechos durante la historia humana precedente, los aprendizajes, los capitales. Comprometer todo el talento. Todo. Si durante el COVID-19 tuvimos la oportunidad de explorar nuestra capacidad de respuesta ante una crisis biológica global, con la crisis climática nada será parecido porque nos golpeará evento extremo tras evento extremo, no ya como “picos” sino oleadas de catástrofes continuas, cada una creando ramificaciones y sorpresas que destruirán nuestro sentido de permanencia, estabilidad y repetición. Las próximas décadas estarán constituidas por bofetadas reiteradas a la idea del control del mundo, por lo cual la noción de adaptabilidad será continuamente puesta a prueba. Y la adaptabilidad dependerá de instituciones con la premisa de la innovación, de construir nuevas capacidades que, como los cuarteles de bomberos o pabellones de urgencias, tendrán que resolver lo que se presente sin haberse aprendido todos los escenarios posibles ni disponer de los protocolos. El riesgo adicional, quedarnos atorados en una normatividad que ya confunde lo deseable con lo posible en estas condiciones drásticamente cambiantes y a menudo propone el regreso al pasado como alternativa.
También se reúne por estos días, en Marsella, el Congreso Mundial de Conservación de la UICN, cuya comisión de ecosistemas preside la colombiana Ángela Andrade, con el objetivo de potenciar al máximo las ideas de “adaptación basada en la naturaleza”, una perspectiva creciente de organización del territorio y todas las actividades humanas dentro de los umbrales de seguridad planetaria. Adaptación que pasa por construir un nuevo ADN civilizatorio: toda actividad económica debe tener desde ya un saldo positivo en términos de regeneración ecosistémica, sea la construcción de nueva infraestructura incluidas ciudades completas, nuevas actividades agroforestales o acuícolas a pequeña o gran escala, nuevas industrias, nuevos intercambios. Todo nuevo. Y para ello, invertir en ciencia y tecnología como nunca se ha hecho en la historia, en sistemas de monitoreo exponencialmente más serios y completos que los primordios que tenemos, en capacidad de análisis, publicación e interpretación de datos y, por supuesto, en capacidad de atención a desastres, la nueva normalidad. ¿Qué tal convertir fuerzas armadas en contingentes de paz climática, programas educativos en ejércitos de ciudadanos restauradores, comunidades rurales en gestores de seguridad ecosistémica y gobernantes en coordinadores de acción adaptativa?
Para el año 2050, quienes nacen hoy cumplirán 28 años y serán humanos de otro planeta… o de ninguno.