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Violencia transpuesta

Brigitte LG Baptiste

12 de mayo de 2021 - 10:00 p. m.

Se dice de los pecados no cometidos que el de la lujuria es el que más arrepentimiento produce. Algunos bailan mucho porque eso no se los pueden quitar después, otros añoran la glotonería, menos gratuita. Otros pecados de omisión son más complejos de identificar y nos torturan especialmente porque tienen efectos retardados, a largo plazo, en la memoria: las faltas debidas a la inacción en circunstancias en las cuales la solidaridad y la ética nos impulsaban a proteger a quien lo necesitara, a cuidar del otro sin hacer preguntas acerca de su mérito, a intervenir ante los abusos de poder o el acoso.

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Paradójicamente, en otra perspectiva, se hace un llamado profundo a no meterse en lo que no nos importa, a no intervenir donde no entendemos lo que sucede, a oír el llamado a la prudencia para no hacer más mal que bien, sobre todo cuando nos atribuimos poderes o roles que no nos corresponden. Nada hay más enervante que los demás nos den instrucciones no pedidas, que pretendan adoctrinarnos con buenas intenciones, un tipo de violencia que los pedagogos, amorosos, a veces son incapaces de identificar, porque la colonización del pensamiento se instaura desde la escuela y nos llena de prejuicios racistas, clasistas o sexistas antes de que nos llegue la capacidad crítica, la única vacuna que nos ayuda a vivir en medio de la diversidad. No es fácil instalar el autoexamen y construir conciencia ambiental, de los derechos de los demás, de las consecuencias de discriminar al extranjero, de abusar del poder. Conciencia de que adoptar un dogma y plantearse morir por una causa son a menudo narrativas convenientes para quienes necesitan héroes que les hagan la tarea.

La violencia transpuesta es uno de los resultados de esta incapacidad de situarnos en un mundo complejo, que debería parecernos maravilloso e inspirador en su extrañeza, como lo hace el tríptico del Bosco. La violencia transpuesta es la que, desde lo más profundo de nuestra incapacidad de “hacer parte”, nos hace sonreír hacia dentro cuando las noticias reportan que atacaron la minga indígena y se lanza el “se lo merecían”, el “se pasaron de la raya”, equivalentes al “por algo sería” con el que se sigue justificando la violación de la mujer, la enfermedad del vecino, la desgracia ajena. Pero la violencia transpuesta es también la que, bajo la apariencia de mensajes liberadores, incita desde los medios de comunicación a atacar al otro simulando solidaridad cuando buscamos capitalizar la rabia y el dolor a nuestro favor, la que incita ese “espíritu de cuerpo” de cualquier fuerza armada que se convierte en códigos de honor y de silencio ante las barbaridades cometidas en aras de un discurso de seguridad. Violencia transpuesta, la que emerge del cuestionamiento sobrador que circula desde las redes sociales, donde cada “denuncia” compite con la siguiente, sabiendo que más bien es parte constitutiva de la cochambre, como dirían en La Tele Letal.

En memoria del acto festivo de protesta de Lucas Villa y su trágico desenlace, estamos obligados a rechazar explícita y públicamente esa violencia transpuesta, con la que un gobierno, una institución, una empresa o un colectivo denuncia verdades parciales convenientes o acepta ser cómplice silencioso de los abusos, de los sicarios, de los incendiarios o de la violencia estructural e insidiosa que genera la exclusión, fácil de ignorar… hasta que produce trancones.

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