14 Oct 2021 - 5:30 a. m.

Yo, chigüiricida

Ante las imágenes en prensa de dos pobres diablos detenidos por “asesinar” (¡!) un chigüiro en Casanare —producto de un ajuste de cuentas o lío de faldas, imagino—, debo declararme cómplice. De hecho, debo reconocer que, casi a diario, mato chigüiros: en mi plato siempre hay una buena porción de arroz, que se ha producido gracias a la transformación de las sabanas inundables de Casanare, implicando el “desplazamiento forzado” de manadas y la muerte de centenares de chigüiritos (¡tan divinooos, ya salen en Disney!). Que sea un efecto indirecto y basado en la ignorancia ecológica reflejada en el menú ejecutivo urbano no le quita sus efectos ni reduce la responsabilidad: hacerme vegetariana, para este caso, no solo es inútil sino peligroso, pues comer más arroz no implica renunciar al acto de matar, sólo lo hace más cómodo.

Hacerse parte de los ecosistemas colombianos, naturalizarse, implica adoptar, como mínimo, un código de ética basado en la honesta intervención y el consumo de la biodiversidad, con todo el despliegue simbólico que se requiera para paliar la angustia de talar árboles para cultivar maíz o yuca (un ecocidio completo si se mira el cambio local de microfauna del suelo), o para justificar moralmente la muerte de peces, cangrejos y tortugas que es obligatorio considerar, no solo para sobrevivir sino para sopesar adecuadamente cualquier alternativa: no es inocente quien cree que no se necesita tumbar el monte para cultivar las hortalizas que se sacralizan en toda mesa contemporánea, porque verduras nativas, me excusan, no hay.

Cultivar café implicó la devastación de las selvas de montaña en Colombia. Por fortuna, el requerimiento del sombrío hizo que en algunas regiones la especie, que produce una bebida maravillosa pero adictiva y tan innecesaria como el oro, promoviera la aparición de un tipo de agroecosistema relativamente amigable con cierta biodiversidad, especialmente de aves, de manera que podemos beber tinto, exportar café y hacer ecoturismo sin tanto remordimiento. Pero dantas no hay en los cafetales, ni muchos monos, ni serpientes. Ningún sistema productivo agrícola es totalmente amigable con la biodiversidad, a menos que la haga parte de su cultura material y simbólica en las escalas adecuadas. Los muiscas adoraban las ranas y el agua, pero consumían profusamente capitán de la sabana y patos en los vallados. Sin esa proteína, Bachué no lo hubiera logrado.

Los prejuicios estéticos y de clase van sacralizando la fauna nativa, como sucedió con la vaca en India. Vaca lánguida que sin embargo en Guaviare se alimenta de jaguares; excepcional el Hato La Aurora en Casanare, donde convive con ellos y… con chigüiros. Libres los tres del ambientalismo mágico. Por eso, aunque chigüiricida, también me declaro una ecologista nativa que, a pesar de tener sangre animal y savia vegetal en mis manos, busca respuestas en la hoja de coca y el ayahuasca, intentando conversar con los territorios que habito para expresar mi respeto por todas las formas de vida y un profundo agradecimiento por acogerme en este mundo donde mis propias tradiciones grecolatinas se ven sacudidas cada día por la belleza de su complejidad, pero donde venerar la “naturaleza” es una de las peores tendencias de la cultura contemporánea, propensa a fanatismos de la mano de otros profetas, algunas autoridades ambientales muy despistadas y hordas llenas de buenas intenciones.

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