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26 Nov 2022 - 1:00 a. m.

El fútbol ya no es solo un juego

En los pocos días que lleva este Mundial, Catar ha intentado obturar las constantes críticas a las violaciones de Derechos Humanos y a las restricciones de libertades fundamentales tan comunes en este país. Y para eso ha utilizado a la Fifa, a las amenazas del órgano rector del fútbol mundial, que por medio de sanciones en el juego mismo logró contener algunas muestras de rechazo. Por fortuna, no todas.

Por eso vimos a la exjugadora Alex Scott, ahora comentarista de la BBC, llevar el brazalete arcoíris One Love en la transmisión previa al partido entre Inglaterra e Irán, mientras que los integrantes de la selección británica pusieron rodilla en tierra para mostrar su inconformismo con el trato que sufre la comunidad LGBTI en Catar. El fútbol, al parecer, no es tan libre como se cree.

De hecho, el brazalete lo iban a portar los capitanes de Inglaterra, Países Bajos, Alemania, Suiza, Francia y Dinamarca, pero la advertencia de una tarjeta amarilla y una multa económica los hizo echarse para atrás. Más allá de pagar la alta suma —el alemán Manuel Neuer dijo que lo haría— cargar con amonestaciones desde tan temprano y en este tipo de torneos no es bueno.

Ya en la previa al duelo con Japón, los jugadores de la selección alemana se taparon la boca en la foto oficial como protesta contra la organización por no respetar el derecho a la libertad de expresión. El equipo completo quería portar el brazalete, pero la influencia de Fifa llegó hasta sus patrocinadores para seguir por la línea de la coacción.

La beligerancia de Gianni Infantino ha primado por encima de todo y de todos -y todas-. El fútbol, o más bien, quienes lo dirigen, coartan la voz de sus protagonistas. Y sin voz solo queda el juego, para muchos lo único importante.

Tampoco hay que olvidar a la selección iraní y el silencio de los futbolistas cuando sonó su himno. Y las pancartas de los hinchas en las tribunas con el mensaje Freedom for the woman (libertad para las mujeres), un reclamo unificado en otro país que, como Catar, sigue implementando la tutela masculina para que las mujeres puedan conseguir trabajo, incluso salir a las calles.

En Catar, ahora con el Mundial en curso, se ha hecho más evidente la libertad de expresión negada, la censura a críticas legítimas contra un sistema retrógrado, el poder del dinero. Pero al final de cuentas, como dice José Luis Sastre en su columna en El País de España, “la moral también se procrastina”.

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