Columna de Camilo Amaya: Las Dick Kerr’s Ladies

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29 de julio de 2022 - 01:30 a. m.
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Esta historia comienza en 1914, en Preston (Inglaterra), en Dick, Kerr & Co., una fábrica ferroviaria que empezó a elaborar municiones tras el inicio de la Primera Guerra Mundial. Y las protagonistas son las trabajadoras, mujeres que asumieron la producción mientras los hombres iban a la guerra. Mujeres que en su tiempo de descanso jugaban fútbol para entretenerse en épocas difíciles.

Y lo que empezó como una simple estrategia de ocio terminó con un equipo organizado, con partidos en los que había que pagar 10 chelines para ver a las Dick Kerr’s Ladies derrotar con facilidad a sus rivales hombres, y con donaciones de lo recaudado en las entradas para los heridos en la guerra. A su primer encuentro fueron 10.000 personas, al segundo un poco más. Con el fin del conflicto (1918) volvió la liga de fútbol masculina a Inglaterra y se les impuso dejar el deporte y retomar sus actividades; es decir, volver al hogar.

Sin embargo, las Dick Kerr’s Ladies, rebeldes para su época, siguieron jugando. En sus siguientes partidos, en Francia, el promedio de asistencia fue de 15.000 personas. Y Winston Churchill, primer ministro británico, las autorizó a tener un encuentro contra las mejores futbolistas del Reino Unido, en la noche, a pesar de la necesidad de ahorrar energía, por los estragos de la posguerra.

A dicho encuentro fueron 53.000 personas, 14.000 se quedaron fuera del estadio de Everton. Y ellas siguieron ganando. En 1921, convocaron a 35.000 asistentes en Old Trafford, el mítico escenario del Manchester United, para enfrentar a una selección femenina de Gran Bretaña. Golearon 9-1. Jugaron 67 partidos ese año, con cerca de 900.000 espectadores viéndolas. Su actuar solidario se mantuvo y donaron sus ganancias a los mineros que permanecían en huelga.

Ya no solo desafiaban a los hombres, dueños del deporte, sino también a los que controlaban la economía. Entonces las Dick Kerr’s Ladies se convirtieron en un equipo peligroso para el establecimiento. Y por eso la Federación Inglesa, tras muchas presiones, prohibió el fútbol femenino. Aún así siguieron jugando en Estados Unidos, contra rivales hombres. Disputaron nueve partidos, ganaron tres, empataron tres y perdieron otros tres. En algunos estados les prohibieron hacerlo, en otros lo hicieron bajo el riego de sanciones económicas.

Las Dick Kerr’s Ladies, o el equipo maldito como se les conoció después porque nadie las quería, disputaron, hasta 1965, 828 encuentros. Ganaron 758, empataron 46 y perdieron 24. Nunca dejaron de lado sus fines solidarios.

¿Y por qué traigo a colación esta historia? Para que las jugadoras de la selección de Colombia, que clasificó a la final de la Copa América y, por ende, al próximo Mundial y a los Juegos Olímpicos, sepan que las luchas de antes están en el ahora y que tienen todo por ganar en un país en el que la Federación Colombiana de Fútbol y la Dimayor no les pueden impedir jugar, pero sí las tienen sin una liga digna, un torneo que merecen.

Las tribunas, como ellas, piden un torneo local ya. Porque hablar de igualdad en el fútbol no se puede quedar en meras promesas y apretones de manos. Mucho menos en frases mentirosas como: “Ellas saben que son como mis hijas”.

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