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El deporte no es solo deporte

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Camilo Camargo
23 de abril de 2026 - 05:00 a. m.
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La semifinal estaba 46 a 46 y quedaban cinco segundos. En ese instante le hicieron el pase al jugador que yo defendía, me sacó un paso y encestó. El tiempo se estiró como si no quisiera avanzar, pero al final fue lo que era, una derrota. Lo curioso es que, incluso pasados mis cincuenta años, el deporte sigue teniendo ese efecto sobre mí, una mezcla de intensidad, aprendizaje y reflexión que no se apaga. Vinieron después horas de repasar la jugada, de reconstruir mentalmente el partido, de preguntarme qué hubiera podido hacer distinto. Y, al mismo tiempo, la sensación profunda de haber compartido algo valioso, de haber hecho equipo, de haber construido una pequeña comunidad alrededor de ese esfuerzo común.

Ese partido, como tantos otros, dejó algo más que un resultado. Dejó preguntas, aprendizajes, vínculos. Y me llevó de nuevo a una inquietud que he escuchado muchas veces en padres, estudiantes y educadores, ¿vale la pena tanto esfuerzo por algo que, en la mayoría de los casos, no será una carrera profesional?

La pregunta es legítima. Y sin embargo, tal vez está mal formulada.

Un dato que ha circulado con fuerza en distintos estudios sobre liderazgo resulta, por lo menos, provocador: el 95 por ciento de los CEO de empresas Fortune 500 practicaron deporte competitivo, y el 94 por ciento de las mujeres en posiciones ejecutivas también fueron atletas. Pero hay algo aún más revelador, entre más tiempo permanecieron en el deporte, mayor la probabilidad de ocupar posiciones de liderazgo.

No es una coincidencia. Tampoco es magia. Es, más bien, una pista de algo que muchas veces no vemos a tiempo.

El deporte nunca fue solo deporte.

Durante años, padres, colegios y los mismos estudiantes han tendido a evaluar el deporte bajo una lógica de resultados visibles, ganar o perder, ser titular o suplente, llegar o no a un nivel profesional. Bajo ese lente, el balance parece, en muchos casos, poco convincente. Pocos llegan a vivir del deporte. Muchos se quedan en el camino.

Pero esa mirada pasa por alto lo esencial. El deporte no es, en la mayoría de los casos, un fin. Es uno de los medios más poderosos que tenemos para formar a una persona.

Pensemos en lo que realmente ocurre en ese entrenamiento de madrugada, en ese partido perdido, en ese momento en que el cuerpo ya no quiere más pero la mente insiste. Pensemos en la relación con un entrenador que corrige, exige y, a veces, incomoda. En el silencio después de una derrota, cuando no hay aplausos ni recompensas inmediatas. En la rutina, en el esfuerzo, en la repetición, en la constancia.

Ahí, en esos espacios que no salen en las fotos ni en los trofeos, se está construyendo algo mucho más profundo que una habilidad física.

Lo que ocurre dentro de un equipo deportivo es, probablemente, una de las formas más completas de educación del carácter que tenemos hoy. Un niño aprende a trabajar con otros, incluso cuando no piensa igual, a confiar en su equipo y a entender que el resultado no depende únicamente de él. Aprende que el esfuerzo sostenido, muchas veces silencioso, es la única vía real hacia la mejora.

Aprende, también, a tolerar la frustración. A perder. A no ser escogido. A equivocarse frente a otros. Y, sin embargo, a volver. A intentarlo de nuevo. En una cultura que cada vez ofrece menos espacios para fallar, el deporte sigue siendo un territorio donde el error no solo es posible, sino necesario.

Pero hay algo más importante todavía. El deporte enseña a ser entrenable. A recibir retroalimentación sin romperse, a escuchar, a ajustar, a entender que siempre hay algo por mejorar. Y en ciertos momentos, incluso cuando no se siente listo, un joven aprende a liderar, a dar la cara, a sostener a otros, a asumir responsabilidades que van más allá de sí mismo.

Estas no son habilidades deportivas. Son habilidades humanas.

Hoy el mundo empresarial las nombra de distintas formas, resiliencia, adaptabilidad, trabajo en equipo, manejo de la presión. El Foro Económico Mundial insiste en ellas como competencias críticas para el futuro. Pero hay una verdad incómoda, estas habilidades no se enseñan en una clase magistral ni se desarrollan en entornos protegidos. Se construyen en contextos reales, donde hay exigencia, incertidumbre y, sobre todo, posibilidad de fracaso.

Y esos contextos son cada vez más escasos.

Vivimos en una cultura que tiende a reducir la incomodidad. Padres que, con la mejor intención, buscan evitarle a sus hijos la frustración. Sistemas educativos que, en ocasiones, priorizan el resultado sobre el proceso. Entornos digitales que ofrecen gratificación inmediata y constante.

En ese escenario, el deporte adquiere un valor aún mayor. No porque garantice éxito profesional, sino porque preserva un tipo de experiencia formativa que otros espacios han ido perdiendo.

Ahí surge otra pregunta, quizás más relevante que la inicial, si quitamos el deporte, ¿dónde aprenden hoy los niños a perder sin rendirse, a esforzarse sin reconocimiento inmediato, a depender de otros y a responder por un equipo?

Los colegios y clubes tienen aquí una responsabilidad enorme. El deporte no puede seguir siendo visto como un complemento o un espacio secundario dentro de la formación. Es, en muchos sentidos, un laboratorio privilegiado para el desarrollo del carácter. Pero esto exige intencionalidad. Entrenadores que entiendan su rol como formadores, no solo como técnicos. Programas que valoren el proceso tanto como el resultado.

Y también exige una conversación honesta con las familias. Porque el colegio puede hacer mucho, pero el mensaje que reciben los niños en casa es igual de determinante. ¿Celebramos el esfuerzo o solo la victoria? ¿Acompañamos en la frustración o buscamos eliminarla? ¿Entendemos el valor del proceso o nos obsesionamos con el resultado?

Al final, la pregunta no es si el deporte vale la pena porque lleve a una carrera profesional. La pregunta es qué tipo de personas queremos formar.

Una niña que ha aprendido a perder sin rendirse, a esforzarse sin aplausos y a trabajar con otros por un objetivo común, está infinitamente mejor preparada para la vida que aquel que acumuló logros sin haber enfrentado verdadera dificultad.

El deporte no garantiza éxito. Pero sí construye algo más importante, la capacidad de sostenerse en el esfuerzo cuando las cosas no salen como se esperaba.

Porque, en el fondo, nunca se trató del deporte.

Se trató, desde el principio, de formar carácter.

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