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Equivocarse también educa

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Camilo Camargo
13 de febrero de 2026 - 05:02 a. m.
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Durante años, los adultos en nuestro rol de guías hemos actuado desde un sentir tan humano como errado: evitar que los niños se equivoquen. Es común anticiparnos al primer tropiezo que tengan, allanar su camino, intervenir antes de que algo les duela o los incomode. Lo hacemos desde el amor, desde el cuidado, desde el miedo legítimo a que sufran. Sin embargo, cada vez hay más evidencia y más experiencias cotidianas que muestran que esta lógica, aunque bien intencionada, puede estar dejando a niños y jóvenes mal preparados para la vida real.

Un artículo reciente de Russell Shaw en The Atlantic pone el dedo en la llaga y sugiere que estamos criando hijos con una especie de “inmunidad al fracaso”. Padres que, con la mejor intención, hacen todo lo posible para que sus hijos no fallen, no se frustren, no se equivoquen. El problema es que el fracaso no desaparece. Solo se posterga. Y cuando llega, porque siempre llega, puede encontrar a los jóvenes sin herramientas personales para enfrentarlo.

En la escuela este fenómeno es cada vez más evidente. Algunos estudiantes se angustian de manera desproporcionada frente a una mala nota, se paralizan porque no quedaron en un grupo determinado y sienten que equivocarse es una señal de incapacidad, y no una parte natural de aprender. Por su lado, algunas familias, ante la incomodidad de sus hijos, pueden buscar soluciones anticipadas o ajustes externos antes que permitir que vivan esas experiencias. La pregunta de fondo no es si acompañar o no, sino cómo hacerlo. Y esto no significa desaparecer ni retirarse del proceso. En lo cotidiano, muchas veces el mejor cuidado consiste en sostener sin anticipar la solución, para que niños y jóvenes puedan aprender a asumir.

Crecer implica, necesariamente, incomodidad, frustración y error. No hay desarrollo sin tropiezos. No hay autonomía sin ensayo. No hay criterio sin equivocaciones previas. Y, más importante aún, no hay sentido de logro sin esfuerzo. Por eso es bueno no confundir bienestar con la ausencia de incomodidad, retos o malestar.

Equivocarse enseña cosas que ningún éxito temprano puede enseñar. Ayuda a leer mejor el contexto, a reconocer límites, a tolerar la frustración, a asumir el impacto de las propias acciones en otros y a descubrir recursos internos que solo aparecen cuando algo no sale como esperábamos. El error no es un resultado indeseado: es una guía. Con un buen acompañamiento, se convierte en una de las herramientas más potentes para el desarrollo humano.

No es casualidad que esta idea aparezca una y otra vez en diversos espacios y circunstancias. Por ejemplo, en el mundo del deporte de alto rendimiento. Michael Jordan, uno de los atletas más competitivos y exitosos de la historia, lo expresó con una claridad brutal: “No tengas miedo de fallar, porque mucha gente tiene que fallar para tener éxito”. Detrás de la frase hay experiencias directas y reales. Jordan falló tiros decisivos y perdió partidos clave antes de llegar a la cima. Lo que lo distinguió no fue evitar el error, sino aprender más rápido y con más profundidad a partir de él. Exactamente eso es lo que hoy estamos, muchas veces sin querer, evitando que nuestros niños y jóvenes vivan.

En otras columnas he insistido en que la escuela, además de ser un espacio de protección y cuidado, es un laboratorio que prepara para la vida. Y la vida no viene sin tropiezos. Viene con momentos de goce y de éxito, pero también con decisiones difíciles, con frustración, con rechazos, con pérdidas, con incertidumbre. Si un niño nunca se equivoca porque siempre hay un adulto corrigiendo el camino antes de tiempo, ¿cómo aprenderá a sostenerse cuando ese adulto ya no esté?

Aquí aparece una tensión que hoy es cada vez más visible en las comunidades educativas y se ha señalado en distintos foros por rectores y educadores en Colombia y en el exterior. En algunos casos, se observa una tendencia a proteger a los hijos, a toda costa, de situaciones que los saquen de su zona de confort, de la frustración y del error, e incluso de las consecuencias de sus actos. Cuando los padres intervienen de manera inmediata, trasladan la responsabilidad hacia otros o buscan mecanismos para eximir a sus hijos de las consecuencias de sus actuaciones, se pierde de vista el valor pedagógico del error y se reduce el espacio para que niños y jóvenes aprendan a asumir. Aunque estas intervenciones suelen partir de una preocupación legítima, no necesariamente logran el efecto esperado. El mensaje que pueden terminar recibiendo puede ser: no necesitas hacerte cargo ni responsabilizarte, alguien más lo hará por ti. Y eso, lejos de fortalecerlos, les quita una oportunidad invaluable de desarrollar responsabilidad, criterio y resiliencia.

El artículo de The Atlantic plantea algo clave: los niños necesitan experimentar el fracaso en contextos seguros, cuando las consecuencias todavía son manejables. No se trata de abandonar ni de exponer sin cuidado, sino de permitir que se equivoquen cuando todavía hay red, acompañamiento y oportunidad de reflexión. El error, vivido así, no daña; forma.

Esto nos obliga a repensar muchas prácticas educativas. ¿Estamos evaluando para aprender o para evitar el error? ¿Damos espacio al ensayo, a la revisión, a la mejora? ¿O convertimos cada resultado en algo definitivo, cargado de juicio y de miedo? También nos invita a revisar cómo reaccionamos los adultos frente al error: ¿castigamos, rescatamos o ayudamos a pensar?

En casa ocurre algo similar. Cuando resolvemos por ellos, cuando escribimos correos que no corresponden, cuando evitamos cualquier incomodidad social, académica o emocional, el mensaje implícito es claro: no confío en que puedas manejar esto. Y aunque nunca lo digamos en voz alta, ellos lo pueden sentir.

Uno de los aprendizajes más importantes que puede tener un niño o un adolescente es descubrir que su valor no depende del resultado. Que equivocarse no lo define. Que puede fallar y seguir siendo querido, acompañado y respetado. Esa seguridad no nace del éxito constante, sino de haber atravesado situaciones imperfectas, con errores y haber salido del otro lado.

También es una cuestión de equidad. No todos los estudiantes llegan con las mismas herramientas, contextos o apoyos. Si convertimos el error en algo intolerable, reforzamos la idea de que solo algunos “sirven” para aprender. En cambio, cuando normalizamos el error como parte del proceso, abrimos espacio para trayectorias diversas, ritmos distintos y aprendizajes más profundos.

Preparar para el futuro no es garantizar caminos despejados. Es formar personas capaces de orientarse cuando el camino se vuelve incierto. Personas que se sienten útiles, están motivadas y saben pedir ayuda, revisan sus decisiones, cambian de rumbo y persisten. Y eso solo se aprende equivocándose.

Tal vez ha llegado el momento de cambiar la pregunta. No “¿cómo evito que mi hijo falle?”, sino “¿qué aprende mi hijo cuando se equivoca?”. No “¿cómo lo protejo de toda incomodidad?”, sino “¿qué tipo de adulto quiero que sea cuando yo no esté para resolver?”.

El desafío para madres y padres no es evitar que sus hijos se equivoquen, sino aprender a estar cuando se equivocan. Estar no es resolver, ni justificar, ni borrar las consecuencias. Es acompañar sin rescatar, escuchar sin dramatizar y ayudar a poner en palabras lo que pasó. Es pensar juntos qué se puede hacer distinto la próxima vez y transmitir, con hechos, que un error no define a una persona.

Estar así no elimina el malestar inmediato, pero sí construye algo mucho más duradero: confianza en la propia capacidad de aprender, asumir y seguir adelante. Porque, al final, equivocarse no es el fin del camino, sino una parte inevitable y profundamente formativa de aprender a vivir.

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PIEDAD ZUNIGA(37452)Hace 38 minutos
Excelente columna. Además de la sabiduría que refleja, se siente refrescante en medio de tantas noticias ásperas que consumimos todos los días.
CARLOS BARRGAN(lcggj)Hace 1 hora
¡Excelente columna!. Profunda, diáfana, realista, orientadora y pedagógica. Gracias, CAMILO.
Jorge Mora Forero(2935)Hace 3 horas
¡Genial! Merece un aplauso por ese contenido tan bien expuesto y tan necesario. ¿Cómo le decimos al niño que no se equivoque si él ve el mundo que los adultos hemos construido?
PEDRO CASTIBLANCO REYES(85266)Hace 4 horas
la tipica y sobre protegida "generacion de cristal" que es incapaz hasta de leer las intrucciones del shampoo
Maria Eugenia Velez Velez(56068)Hace 4 horas
Estar no solo en la vida de los hijos sino como ciudadanos.
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